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Basado en hechos reales

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26.05.2019

LA PRIMERA semana de mayo, justo después de las elecciones, quedé con una amiga en una terraza del paseo de Recoletos. Cuando ya llevábamos casi una hora hablando de nuestras cosas, descubrí con el rabillo del ojo a una pareja que se acercaba con pasos cautelosos a nuestra mesa.

Eran un hombre y una mujer, ambos mayores que yo, tampoco demasiado. Me gustó su aspecto, compatible aunque marcadamente dispar. Él llevaba el pelo, entrecano, largo y limpísimo, recogido en una coleta. Vestía vaqueros, una camisa de cuadros y una chaqueta como de cantante rockabilly de mi juventud. Ella era una versión más sofisticada del mismo modelo de progresismo madrileño en el que yo misma me encuadro casi todos los días. Iba vestida de oscuro, con unos pantalones negros, un blusón de lunares y un pañuelo anudado al cuello con mucha gracia. Admiro a las mujeres que tienen esa habilidad porque yo, que soy friolera y los uso mucho, nunca sé muy bien cómo colocármelos. Iba poco, bien pintada, y era guapa. Los dos, cada uno en su estilo, eran guapos.

Fue........

© El Pais