Impacto del conflicto bélico sobre Bolivia: metáfora del caballo, la silla y el jinete

La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha entrado en una fase crítica con implicaciones globales inmediatas. Los ataques coordinados han alcanzado infraestructura militar y energética clave dentro de Irán, incluyendo el gigantesco complejo de gas de South Pars y la estratégica isla de Kharg, por donde se exporta cerca del 90% del petróleo iraní. Paralelamente, el Estrecho de Ormuz —por donde circula alrededor del 20% del petróleo mundial— ha sido virtualmente bloqueado o restringido, reduciendo el tráfico marítimo hasta niveles mínimos y provocando la mayor disrupción energética desde la década de 1970. A todo ello se deben sumar los impactos de las acciones de Irán sobre sus vecinos árabes a los que está bombardeando sin restricciones , buscando destruir sus sistemas de producción y almacenamiento de petróleo, la base de sus economías en el área logística (transporte y turismo) y generando la mayor cantidad de bajas humanas arrojando bombas de racimo, generalmente prohibidas por las convenciones internacionales de la guerra, sobre la población civil.

El resultado ha sido inmediato: los precios del petróleo han superado los 100 dólares por barril y, en mercados físicos, han alcanzado incluso niveles cercanos a los 150 dólares debido a la escasez de suministro alternativo. Esta escalada no responde únicamente a la destrucción de instalaciones, sino a la incertidumbre estructural sobre la continuidad del flujo energético global. La guerra ha introducido un nuevo factor: el riesgo permanente de interrupción.

El impacto global ya es evidente. La reducción del suministro desde el Golfo ha provocado alzas en combustibles, disrupciones logísticas, aumento del costo del transporte marítimo y presiones inflacionarias en Europa y Asia. Analistas advierten que esta situación puede derivar en estanflación: una combinación de inflación elevada y crecimiento económico estancado. La economía mundial, en este contexto, se comporta como un caballo nervioso, sometido a estímulos bruscos e impredecibles.

Es en este punto donde la metáfora adquiere sentido completo. El mundo es el caballo. Bolivia, en cambio, es la silla colocada sobre ese caballo. Y el gobierno boliviano es el jinete que intenta mantenerse en equilibrio.

El caballo hoy está claramente agitado. Las guerras en Irán y Ucrania, la volatilidad del petróleo y la disrupción del comercio global generan movimientos bruscos que ningún país periférico puede controlar. Bolivia, sin embargo, no es una silla firme. Es una silla de montar, una suerte de “paraboloide hiperbólico”,  con una geometría estable hacia la cabeza y hacia la cola del caballo: el jinete ante frenadas y aceleraciones será empujado hacia adelante o hacia atrás, pero volverá sobre el centro de la silla, sujeto por esta geometría. Sin embargo, es inestable hacia los costados: cuando el caballo gira bruscamente o se inclina demasiado entonces el jinete puede salir despedido o caer por uno de sus lados, pues nada lo ataja ni lo ayuda para evitarlo.

Sobre esa estructura de equilibrio inestable se encuentra el jinete: nuestro gobierno. Su desafío no es detener el movimiento del caballo —algo imposible— sino adaptarse a él apretando las piernas y distribuyendo su peso cuando es empujado hacia los lados por los subsidios elevados a los combustibles, la escasez de dólares, la presión sobre las reservas y la alta sensibilidad social ante cualquier ajuste. El problema es que, cuando el caballo se desboca, la exigencia sobre el jinete aumenta exponencialmente.

El alza del petróleo impacta directamente en Bolivia a través del costo del subsidio a los combustibles. A mayor precio internacional, mayor presión fiscal y mayor necesidad de dólares para importar diésel y gasolina. Esto erosiona las reservas, incrementa la brecha cambiaria y genera tensiones en el abastecimiento. Si el sistema empieza a fallar —colas, escasez, interrupciones— la reacción social es inmediata.

Aquí aparece la lógica de la silla de montar. Bolivia no está en equilibrio estable, sino en un punto crítico donde pequeñas perturbaciones pueden amplificarse. Si el sistema se mueve hacia el eje de estabilidad —financiamiento, ajuste gradual, coordinación política— el jinete puede mantenerse. Pero si se desplaza hacia el eje inestable —escasez, inflación, dólar paralelo, protestas— la caída se vuelve probable.

La guerra en Irán empuja al sistema precisamente en esa dirección inestable. No porque Bolivia esté involucrada directamente en el conflicto, sino porque depende de variables globales que están siendo violentamente alteradas. El encarecimiento del petróleo actúa como una fuerza externa que inclina la silla.

La clave está en la velocidad de reacción del jinete. Si el gobierno actúa con flexibilidad, anticipación y capacidad de redistribuir costos, puede amortiguar el impacto. Pero si se mantiene rígido, retrasa decisiones o pierde coordinación interna, el desplazamiento hacia la inestabilidad se acelera.

El escenario más preocupante es aquel en el que coinciden tres factores: un caballo desbocado (crisis energética global), una silla altamente inestable (fragilidad estructural boliviana) y un jinete con capacidad limitada de corrección (restricciones políticas). En ese punto, la caída deja de ser un riesgo y se convierte en una probabilidad.

En síntesis, Bolivia no está en guerra, pero está montada sobre una economía mundial en guerra. Y eso cambia completamente la naturaleza de su estabilidad. El problema ya no es únicamente interno, ni exclusivamente externo, sino la interacción entre ambos.

La pregunta clave para 2026 no es si el país puede resistir el shock, sino si su conducción política puede adaptarse lo suficientemente rápido para no perder el equilibrio. Porque cuando el caballo global se desboca, no basta con tener una buena silla: hace falta un jinete excepcional.


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