menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Hombres cómplices con WiFi

11 0
latest

Hay un gesto que conozco bien. Lo he visto en otros hombres y lo he hecho yo mismo: leer un comentario brutal contra una mujer en redes, sentir algo parecido a la incomodidad, y deslizar la pantalla hacia abajo. Seguir de largo.

Ese movimiento de pulgar —tan pequeño, tan rápido, tan indoloro para nosotros— es exactamente el corazón del problema.

No toda violencia hace ruido. La mayoría se ejerce en silencio.

Bolivia lleva semanas moviéndose. Primero Andrea Barrientes, ex viceministra, fue hostigada y violentada digitalmente hasta su renuncia. El 6 de marzo, la diputada Daniela Cabrera presentó en la Asamblea el primer proyecto de ley contra la violencia digital de nuestra historia, junto a la Coordinadora de la Mujer y Oxfam. Ese mismo día, miles de mujeres marchaban en La Paz sosteniendo una frase que debería quedarnos grabada: "Marchamos porque estamos vivas y no sabemos hasta cuándo."

Hace unos días, la viceministra a.i. Durby Blanco denunció que sus palabras sobre la maternidad fueron descontextualizadas para atacarla en redes. No la atacaron por equivocarse. La atacaron por tener voz y usarla.

Los números duelen si los leemos de verdad. El 27% de las mujeres bolivianas ha sufrido abuso sexual vinculado al uso de tecnologías. Bolivia tiene el 34% de ataques ideológicos a mujeres públicas en redes —la cifra más alta de toda Iberoamérica, según la SEGIB.

El Centro S.O.S. Digital atiende miles de casos por año: imágenes íntimas filtradas, identidades suplantadas, abusos coordinados que apagan voces una a una. No son estadísticas abstractas. Detrás de cada número hay una mujer que apagó su cámara, que borró su cuenta, que aprendió a escribir con miedo.

Y detrás de cada agresión, casi siempre, hay un hombre. O el silencio de muchos.

Me desnudo aquí porque creo que los hombres necesitamos hablar desde adentro, no desde el pedestal del aliado bien portado. Soy un hombre que ha aprendido —lentamente, con errores que me pesan y contradicciones— que cuidar no es un gesto blando.

Cuidar es la forma más valiente y más libre de ser hombre. Que la corresponsabilidad no termina en quién lava los platos: se extiende hasta quién protege el espacio donde alguien que queremos puede existir con dignidad, y ese también es el espacio digital.

Los estudios de CLACSO lo documentan con claridad: la masculinidad hegemónica se construye sobre control, dominación y negación del cuidado. Cuando un hombre ríe de la foto que circula sin el permiso de ella, cuando pasa de largo frente al acoso en un grupo de WhatsApp, cuando normaliza el insulto como "broma", reproduce esa lógica. No con golpes. Con omisiones.

La violencia digital no la sostienen solo los que agreden. La sostienen los que miran y no hacen nada.

Los hombres que nos reivindicamos en una masculinidad amplia —y me cuento entre ellos, con todas mis contradicciones— tenemos una tarea cotidiana y concreta: interrumpir. No el post del 8M sigue en redes.

Interrumpir de verdad: cuando alguien manda una captura para ridiculizar a una mujer. Hablar con las niñeces y juventudes sobre el consentimiento digital. Denunciar perfiles agresivos en lugar de bloquear, pasar y olvidar.

Exigir a la Asamblea Legislativa que apruebe ya la ley  contra la violencia digital, porque Bolivia no puede seguir siendo uno de los países con más violencia ideológica digital contra mujeres y sin un marco legal que las ampare.

Cuidar se conjuga también en masculino. O no se conjuga del todo.

La fortaleza que vale no es la de quien nunca tiembla. Es la de quien ve el daño, lo nombra, y actúa aunque sea incómodo. El mundo digital hoy está muy feo para las mujeres bolivianas.

Y los hombres que callan frente a eso no son espectadores neutrales, son: Hombres cómplices con WiFi.

*El autor es: Cofundador y CEO de Fundación ECOS, think tank articuladora de procesos en desarrollo sostenible, impacto multidimensional y cooperación internacional.


© El País