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Sobadores y gaceteros

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‘Sobador’, decía escuetamente el aviso en la ventana; allá íbamos a parar lloriqueantes, con algún hueso retorcido, los que jugábamos ‘Fuera de mi palacio’, desde lo alto de un terrón de arena –era un curioso juego de empujones, donde el rey era siempre el que podía quedar en la cumbre, sin dejarse tirar al suelo- y el ‘sobador’ era entonces el kinesiólogo del pueblo, el quiropráctico y osteólogo al tiempo. Observaba el brazo retorcido, el mismo que había sufrido una seria luxación o fractura –“brazo descompuesto”, era su dictamen- e iniciaba entonces la tarea diaria de “ponerlo en su lugar”. Los ‘sobadores’ nacían, no se hacían, se comentaba entonces, y ejercitaban desde temprana edad sus manos, desgranando maíz o curtiéndolas con sustancias calientes. Poner un hueso en su lugar o devolver un músculo a su sitio requería entonces ungüentos de aromas fuertes, como la ‘pomada india’ o el ‘Yodosalil’; al final, a cambio de incómodos yesos, regresábamos a casa aliviados por los olores balsámicos de una planta a la que se endilgaban........

© El País