Alfabetización digital: el primer escudo contra la desinformación
El audio que nunca existio.
Imagina a alguien en Tarija —tu madre, tu vecino, un compañero de trabajo— que recibe de noche un audio por WhatsApp. La voz es perfectamente reconocible: un candidato. Lo que dice es escandaloso. El mensaje vuela de grupo en grupo, con indignación, mayúsculas y signos de exclamación. Al día siguiente copa el mercado, el transporte, la oficina. Nadie lo cuestionó. Nadie verificó. El problema: ese audio nunca existió.
No es una historia inventada. El 3 de abril de 2026, el Observatorio de Desinformación Electoral de Bolivia Verifica detectó exactamente eso: un audio generado con inteligencia artificial, atribuido al candidato Juan Pablo Velasco, circulando en cadena por Facebook, Telegram y WhatsApp. Semanas antes, durante las elecciones subnacionales del 22 de marzo, se identificaron audios similares vinculados a candidatos en Cochabamba, Sucre y La Paz. En Tarija, una página de Facebook invirtió cerca de Bs 1.497 en anuncios para difundir una imagen manipulada —con 99,2% de probabilidad de haber sido generada por IA— buscando vincular al alcalde reelecto Jhonny Torres con el MAS.
Bienvenidos al ecosistema informativo del siglo XXI en Bolivia.
Un fenómeno que ya no es excepcional.
Lo que ocurrió no fue un incidente aislado: fue la consolidación de una tendencia que, con la inteligencia artificial, encontró una dimensión nueva y peligrosa. Solo entre enero y agosto de 2025, Bolivia Verifica identificó 442 contenidos electorales falsos o engañosos. En las subnacionales de 2026, el 30,91% del contenido desinformante circuló en TikTok. Más del 30% de las cuentas involucradas fueron creadas en los últimos dos años, coincidiendo con los ciclos electorales.
El problema excede lo electoral. Es la abuela que comparte la "cura del cáncer con jugo de noni". El padre que no vacuna a su hijo por un video de TikTok. El emprendedor que toma decisiones financieras basado en encuestas de Facebook que nadie validó. Todos víctimas del mismo déficit: no ingenuidad, sino falta de herramientas.
El verdadero problema no está en las pantallas.
Sería fácil culpar a Meta o a los algoritmos. Tienen una responsabilidad enorme que no están asumiendo. Pero el análisis queda incompleto si no miramos hacia adentro: ¿estamos preparados, como sociedad, para navegar este entorno?
La respuesta es no. Un informe de 2025 concluye que la alfabetización digital no ha sido prioridad en las políticas públicas bolivianas y que no existe una estrategia nacional articulada para enfrentar la desinformación. Aprendemos a usar el teléfono, pero nadie nos enseña a leer críticamente lo que aparece en la pantalla.
La mayoría de los bolivianos no llega a las noticias por medios formales: llega por grupos de WhatsApp, el feed de TikTok, lo que compartió un amigo. Esos espacios no tienen editores ni filtros. Tienen algoritmos diseñados para capturar nuestra atención el mayor tiempo posible, y la indignación y el miedo son —lamentablemente— sus combustibles más eficientes.
Pregunta concreta: cuando recibes en el grupo de vecinos que hubo un asalto en tal esquina, ¿lo verificas antes de reenviar? ¿Sabes cómo comprobar si la foto es real o fue tomada en otro país hace cinco años? ¿Conoces un sitio de verificación de hechos? Para la mayoría, las respuestas son no, no y no.
Iniciativas existen, pero no alcanzan.
Algunas instituciones van en la dirección correcta. El PNUD lidera en Bolivia una coalición de monitoreo digital y alfabetización mediática con apoyo de la Unión Europea, AECID y Canadá. Bolivia Verifica, Chequea Bolivia y la Fundación para el Periodismo hacen un trabajo extraordinario que merece reconocimiento. La ATT impulsó en 2025 un Plan Nacional de Alfabetización del Usuario con convenios universitarios y proyecciones para comunidades rurales e indígenas.
Pero estas iniciativas son fragmentadas, dependen de cooperación internacional y no alcanzan la escala que el problema exige. Verificar un contenido después de que fue compartido un millón de veces es como cerrar la tranquera cuando el ganado ya escapó.
Lo que Bolivia necesita hacer.
El camino pasa por tres niveles. En lo educativo: incorporar alfabetización digital y pensamiento crítico mediático en los currículos desde la primaria, no como taller optativo sino como competencia fundamental. En lo institucional: una política pública articulada —no fragmentada— que aborde la desinformación como problema permanente de salud democrática, no solo en épocas electorales. Y en lo ciudadano —donde cada uno tiene poder real— la alfabetización empieza con un hábito simple: la pausa. Antes de compartir, preguntarse: ¿quién lo dice? ¿Dónde fue publicado? ¿Qué quiere que yo sienta?
Ese segundo de reflexión es el primer acto de resistencia.
Cuando los ciudadanos no pueden distinguir una encuesta real de una inventada, cuando un audio falso puede inclinar la percepción de miles de votantes, la democracia se debilita desde adentro. No hace falta suprimir votos; basta con confundir voluntades.
Compartir sin pensar también es un acto político. Y sus consecuencias las pagamos entre todos.
*El autor es cofundador de Fundación ECOS, psicólogo y articulador del desarrollo para el liderazgo intergeneracional.
