Álvaro García Linera y el protectorado voluntario de Bolivia |
Álvaro García Linera tiene la virtud indiscutible de la precisión conceptual. Su texto “Protectorados”, publicado el 21 de febrero de 2026 en Diario Red, el 26 de febrero en Observatorio de la Crisis, y el 28 de febrero en Página 12, es una disección lúcida del imperialismo norteamericano en contracción. Nombra el mecanismo con exactitud: el Estado sometido “mantiene el conjunto de su legislación y sus instituciones”, pero “el mando de las relaciones exteriores, de sus principales actividades productivas (extractivas) y financieras, están bajo tutela de la potencia extranjera.” La descripción le calza perfectamente a la Bolivia que él mismo administró durante trece años.
Pero el problema no es el análisis de García Linera. El problema es el analista.
Cuando el texto explica que la extracción de riquezas opera “con la aquiescencia de la burocracia política nativa”, García Linera describe un fenómeno que conoce de manera íntima, no solo teórica, pues entre 2006 y 2019 fue parte central de esa burocracia. Los hechos documentados sugieren que su aquiescencia no fue pasiva.
El empresario venezolano Carlos Gill Ramírez, quien llegó a Bolivia en 2009 y desde entonces controla las dos redes del sistema ferroviario concesionado boliviano, dijo públicamente que “el gerente de Bolivia” era Álvaro García Linera. No fue un insulto, sino el reconocimiento elogioso de alguien que se benefició del modelo durante más de una década.
Sobre la mesa de Evo Morales, y con pleno conocimiento del vicepresidente, reposó en 2006 un proyecto para nacionalizar Gravetal, empresa central del complejo soyero boliviano. La oportunidad fue archivada. En junio de 2008 se constituyó INVERSIONES DE CAPITAL INVERSOJA S.A. con 100 mil bolivianos de capital inicial. Trece días después, esa cáscara adquirió el 99% de Gravetal por 65 millones de dólares financiados por una subsidiaria de PDVSA. Entre los accionistas: un diputado electo en la plancha de Evo Morales y la representante presidencial del MAS en Cochabamba. En 2024, aquella inversión inicial se había convertido en 990 millones de bolivianos. Su combustible no fue el genio empresarial, sino el ahorro previsional de los trabajadores, canalizado a través de la banca, las SAFIs y la propia Gestora Pública de Pensiones.
Esa Gestora nació de la Ley de Pensiones N° 065 de 2010, presentada como el fin del modelo neoliberal de las AFPs. En el discurso se habló de recuperar el Estado, pero la norma mantuvo intacta la arquitectura anterior, canalizando aportes hacia bonos y pagarés de empresas privadas, incluso de firmas vinculadas al emporio gonista, como Sinchi Wayra. La Ley de Servicios Financieros N° 393 de 2013 concentró decisiones de inversión en entidades políticamente vinculadas, generando las condiciones exactas para la captura que documentan los casos de Gravetal y las ferroviarias. El “poder económico blando” —la deuda, la captura financiera— operó desde adentro, administrado por quienes proclamaban combatirlo.
El episodio más revelador es el de YPFB. Cuando en 2006 el ministro Andrés Soliz Rada ejecutaba auditorías que revelaban fraude contable de Repsol-YPF e incumplimientos de Petrobras y Total —hallazgos que habrían permitido recuperar campos estratégicos sin costo para el Estado—, fue García Linera quien cedió ante la presión brasileña y desautorizó públicamente al ministro. Luego declaró que las auditorías “no servían para nada” y estaban “mal hechas”. Entre 2007 y 2018, las transnacionales recibieron USD 7.906,7 millones en participaciones más USD 8.457,4 millones en “costos recuperables”, incluidos más de USD 1.500 millones reportados como fraudulentos. La soberanía energética tuvo un costo exacto, y García Linera lo autorizó.
Hay una variante del protectorado que el texto no contempla: el protectorado voluntario, aquel en que la burocracia nativa no es coercionada por una potencia extranjera, sino que ella misma construye la arquitectura de la subordinación. En Bolivia, entre 2006 y 2019 con García Linera, luego con Arce y Paz, esa arquitectura tiene nombre, estructura y beneficiarios identificables.
Pero hay algo más grave en la forma del propio texto. García Linera dedica el grueso de “Protectorados” a describir la mecánica del dominio norteamericano, y solo al final escribe que lo que tienen por delante los países que quieran resistir “es una renovada agenda de soberanía nacional, industrialismo regional y anticolonialismo.” Una sola oración. Sin sujeto. Sin Bolivia. Sin propuesta. Delegada al futuro y a otros.
El análisis de García Linera contiene la paradoja que no puede —o no quiere— ver. China pasó del 2,3% al 19,8% del PIB mundial. Rusia se reafirma como potencia euroasiática. La UE puede infligir daño económico a Washington. El mundo ya no tiene un solo amo. Y Bolivia tiene litio —el más codiciado del planeta para la transición energética que tres potencias se pelean por liderar—, tiene gas, tiene agroindustria, tiene posición geográfica. En un mundo geofragmentado, exactamente como él lo describe, un país con esa canasta de recursos puede negociar de manera multilateral, inteligente y simultánea: con China para el litio, con Europa para el gas y los minerales críticos, con mercados regionales para la soya con valor agregado, diseñando contratos con transferencia tecnológica obligatoria e industrialización local. La multipolaridad no es una amenaza que describir, sino la oportunidad que Bolivia puede ejercer hoy como nunca antes en su historia.
García Linera no ofrece nada de eso. No dice “debemos”. No dice “Bolivia puede”. Dice “lo que tienen por delante” —ellos, los otros. El hombre que tuvo trece años, reservas históricas y el mayor ciclo de renta petrolera del siglo, archivó las nacionalizaciones, saboteó las auditorías, perpetuó el modelo financiero y permitió que el ahorro de los trabajadores engordara un círculo reducido. Ahora describe con lucidez el mecanismo de la trampa en la que ayudó a mantener a su país, y concluye con un gesto vago hacia la resistencia que no incluye un solo verbo en primera persona del plural.
Un intelectual que analiza la jaula con precisión extraordinaria y no propone cómo abrirla, sobre todo cuando fue él quien cerró el candado, no ejerce pensamiento crítico; construye su coartada.
El texto de García Linera es brillante. Su carrera política, en cambio, es un estudio de caso.