Educación y violencia, los extremos de nuestra realidad

Imaginemos dos semillas plantadas en el mismo suelo boliviano. Una crece en tierra fértil, con agua, luz y cuidado. La otra germina en tierra erosionada, sin nutrientes, expuesta a las tormentas. El resultado no es casualidad: es estructura. Esa metáfora resume, con precisión incómoda, lo que llevamos décadas documentando sobre la relación entre educación y violencia.

La hipótesis es tan sencilla como perturbadora: donde la educación prospera, la violencia retrocede, y los números no la contradicen.

En Suecia, cada año adicional de escolaridad reduce la probabilidad de que un hombre sea condenado por algún delito en un 6,7%, y la de ser encarcelado en un 15,5%. La CEPAL y UNICEF clasificaron 15 países latinoamericanos en cuatro grupos que iluminan esta correlación con brutal claridad: Guatemala, Honduras y Nicaragua —los que menos invierten en educación y tienen las menores tasas de conclusión de secundaria— son también los que registran los índices de homicidio más altos de la región. En el otro extremo, Chile, Costa Rica y Uruguay combinan mejores logros educativos con niveles de violencia notablemente menores.

Bolivia se ubica en un punto de tensión incómoda dentro de ese mapa. UNICEF señala que tenemos la segunda tasa más alta de violencia en razón de género de toda la región; la OMS precisa que nuestra prevalencia de........

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