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Educación y violencia, los extremos de nuestra realidad

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Imaginemos dos semillas plantadas en el mismo suelo boliviano. Una crece en tierra fértil, con agua, luz y cuidado. La otra germina en tierra erosionada, sin nutrientes, expuesta a las tormentas. El resultado no es casualidad: es estructura. Esa metáfora resume, con precisión incómoda, lo que llevamos décadas documentando sobre la relación entre educación y violencia.

La hipótesis es tan sencilla como perturbadora: donde la educación prospera, la violencia retrocede, y los números no la contradicen.

En Suecia, cada año adicional de escolaridad reduce la probabilidad de que un hombre sea condenado por algún delito en un 6,7%, y la de ser encarcelado en un 15,5%. La CEPAL y UNICEF clasificaron 15 países latinoamericanos en cuatro grupos que iluminan esta correlación con brutal claridad: Guatemala, Honduras y Nicaragua —los que menos invierten en educación y tienen las menores tasas de conclusión de secundaria— son también los que registran los índices de homicidio más altos de la región. En el otro extremo, Chile, Costa Rica y Uruguay combinan mejores logros educativos con niveles de violencia notablemente menores.

Bolivia se ubica en un punto de tensión incómoda dentro de ese mapa. UNICEF señala que tenemos la segunda tasa más alta de violencia en razón de género de toda la región; la OMS precisa que nuestra prevalencia de violencia de pareja —un 52,8%— es la más alta de América Latina. La Fiscalía General del Estado reportó que en 2025 se registraron 81 feminicidios a nivel nacional y 178 tentativas del mismo delito, con un total de 46.213 denuncias enmarcadas en la Ley 348. En lo que va de 2026, hasta el 5 de abril, Bolivia ya suma 25 feminicidios. Pero el dato más revelador, sin embargo, no está en la cantidad de casos sino en su impunidad: apenas el 5,7% de las denuncias termina con sentencia, según el informe defensorial. Esa es nuestra triste realidad.

La investigación latinoamericana refuerza este vínculo con datos duros. En Perú, el Instituto IDEHPUCP documentó que las niñas, niños y adolescentes que abandonan la escuela sin adquirir competencias básicas tienen un riesgo considerablemente mayor de involucrarse en conductas delictivas, siendo la deserción uno de los factores de riesgo más frecuentes, especialmente para las mujeres. La violencia no ocurre en el vacío, se instala exactamente donde la educación abandona primero.

Pero la historia no termina cuando una mujer logra educarse o acceder a espacios de poder. Aquí el análisis exige un giro crítico.

Existe lo que los investigadores llaman "disonancia cognitiva de la victimización", las mujeres que han llegado a puestos de liderazgo político, académico o empresarial enfrentan una forma particular de silencio forzado. La London School of Economics explica: el mismo capital simbólico que les costó años construir —su reputación, su cargo, su imagen pública— se convierte en el arma más eficaz del agresor para mantenerlas calladas. La CEPAL advierte que el acoso y hostigamiento sexual en los ámbitos laboral y educativo persiste en la región como una "conducta naturalizada e invisibilizada". ONU Mujeres confirma que menos del 10% de las mujeres que buscan ayuda por violencia presentan una denuncia formal ante la policía. El sistema produce silencio en ambos extremos del espectro educativo: en las mujeres sin educación pesan la dependencia económica y el desconocimiento de sus derechos; en las mujeres educadas y con poder, pesan la vergüenza, la reputación y el miedo a perder lo que con tanto esfuerzo conquistaron. El resultado es el mismo silencio. Con distintos trajes.

IDEA Internacional lo cuantifica con precisión para América Latina: la militancia partidaria está repartida entre el 40% y el 60% entre hombres y mujeres. Sin embargo, en los puestos de dirección —secretarías generales o presidencias partidarias— solo el 20% de mujeres dirigen las organizaciones políticas. La pirámide del poder sigue siendo, en esencia, una pirámide masculina con escaleras cada vez más empinadas para ellas.

El contraste entre géneros completa el cuadro. Los hombres con menor educación concentran los indicadores más altos de participación en crímenes violentos, encarcelamiento y victimización por homicidio. Los hombres educados tienen mayor acceso al sistema judicial y menor probabilidad de condena. Las mujeres sin educación enfrentan el mayor riesgo de violencia o trata de personas. Las mujeres educadas y en posiciones de poder también sufren violencia, pero con una tasa de denuncia tan baja que distorsiona artificialmente las estadísticas, haciéndonos creer que están a salvo cuando no necesariamente lo están.

¿Cuál es la conclusión? Que la educación no es la solución mágica, pero sí la palanca más poderosa disponible. El Banco Mundial indica claramente: existe una correlación directa donde a menores tasas educativas, mayores son los índices de delincuencia y violencia. Por lo tanto, con cada aula que funcione bien, cada docente que forme con compromiso, cada estudiante que no abandone y cada familia que priorice la educación construiremos pequeños diques contra esa corriente. Como tarijeño querendón de su tierra, pienso que esa apuesta tiene nombre y apellido: inversión sostenida en educación con perspectiva de género, no como adorno curricular, sino como política transversal desde todas las aristas de nuestra sociedad.

Esa, precisamente, debe ser nuestra tarea pendiente.


© El País