La memoria que no cabe en la nube |
A fines del año pasado, Google Fotos me recordó, con esa eficacia casi maternal que tienen ahora los algoritmos, que hacía ocho años había nacido mi nieta. No tuve que buscar nada. El programa preparó un video, eligió una música melosa e hizo desfilar, una detrás de otra, imágenes de la niña que ha ido creciendo frente a una cámara casi permanente.
Entonces vi el dato: tengo cerca de 16.000 fotografías de ella. Dieciséis mil. Hice un cálculo rápido. Si dedicara apenas tres segundos a cada una, necesitaría más de trece horas para verlas todas. Sin dormir. Sin comer. Sin distraerme. Y sospecho —perdón, corrijo: estoy seguro— de que jamás lo haré.
Mis hijos crecieron en otra frontera tecnológica. De ellos conservo una decena de álbumes de fotografías reveladas, de esos que olían a papel nuevo y tenían hojas negras o blancas protegidas por un plástico transparente. También guardo una veintena de CD con filmaciones familiares: cumpleaños, vacaciones, primeros pasos, actuaciones escolares, ballet, coros y partidos de fútbol.
Hoy ya casi no tengo dónde........