La desaparición de la vergüenza
Hace unas semanas vi a un adolescente caminando por un centro comercial mientras transmitía en vivo para sus seguidores. No hablaba con nadie que estuviera físicamente a su lado. Conversaba con una pantalla. Comentaba qué iba a almorzar, qué zapatos pensaba comprarse, qué música sonaba en el local y hasta la discusión que acababa de tener con su corteja. Cientos de desconocidos asistían, en tiempo real, a una intimidad que antes habría quedado reservada para un amigo o, con suerte, para el diario personal.
No me escandalizó el muchacho. Me intrigó otra cosa: en ningún momento pareció sentir vergüenza.
Y entonces me pregunté si no estaremos asistiendo, sin demasiada conciencia, a la desaparición de una de las emociones más antiguas de la vida en sociedad.
La vergüenza tiene mala prensa. Solemos confundirla con la timidez, la inseguridad o el complejo de inferioridad. Pero son cosas distintas. La vergüenza cumplió durante siglos una función civilizatoria:........
