“Plumas y lentejuelas”
Entre 1965 y 1968, alrededor de 30,000 cubanos inocentes fueron esclavizados en los campos de concentración del régimen castrista, lo que hoy equivaldría a 180,000 colombianos teniendo en cuenta la diferencia poblacional entre ambos países. Separados de sus familias, trabajaban bajo el sol sofocante del Caribe entre diez y doce horas diarias, cada día de la semana. Subsistían en cuarteles congestionados, sin electricidad ni estándares mínimos de aseo, recibiendo raciones insuficientes de arroz y otros alimentos frecuentemente podridos. Enfrentaban la amenaza diaria de ser torturados, golpeados o humillados públicamente si no cumplían con las exigencias de sus opresores.
Ese era el destino de los hombres cubanos considerados “antisociales” o “contrarrevolucionarios” por naturaleza, incluyendo a sacerdotes católicos, creyentes de diversas iglesias minoritarias, intelectuales librepensadores y pequeños terratenientes. También era el destino de los hombres homosexuales, considerados corrompidos por los “vicios burgueses” de la sociedad anterior. Muchos de ellos murieron encarcelados. Muchos más, profundamente traumatizados, terminaron en instituciones psiquiátricas o quitándose sus propias vidas.
Hoy, la izquierda oficialista en Colombia reivindica el legado de los mayores verdugos de las minorías sexuales en la historia de América. Su candidato, Iván Cepeda, ha homenajeado públicamente a Fidel Castro. Sus simpatizantes rinden culto a la imagen del “Che” Guevara, plasmada por décadas en la Universidad Nacional. Cuando Gustavo Petro estigmatiza la aspiración vicepresidencial de Juan Daniel Oviedo, refiriéndose a las “plumas y lentejuelas que esconden a los vampiros” no solo se extralimita en sus deberes como jefe de estado, sino que apela a la idea comunista del “burgués afeminado.” Emplea la misma retórica con la que Castro alguna vez mandó a cubanos como Oviedo a los campos de concentración.
En general, el “progresismo” social del petrismo, así como su discurso anticorrupción y su falso ambientalismo, siempre han sido mentiras convenientes para lavarle la imagen a los viejos castristas que quieren acabar con nuestra democracia. Petro reclama como propia la causa de los afrocolombianos, pero afirmó en cadena nacional que a él “ningún negro [le] va a decir” qué hacer. Dice ser un gran feminista, pero les otorga cargos públicos y candidaturas locales a hombres maltratadores y reduce a las mujeres a lo que decidan “hacer con su clítoris.” Se aprovechó de Francia Márquez como representante visible de ambas causas, pero apenas ella reconoció que su pueblo natal era más seguro durante el gobierno de Iván Duque, el presidente Petro la relegó a la más absoluta irrelevancia. Seguramente ese será el destino de la senadora indígena Aida Quilcué, ahora fórmula vicepresidencial del arquitecto de la “paz total”, a pesar de que fueron esas políticas las que facilitaron su secuestro por parte de las Farc hace menos de dos meses.
El petrismo no tiene valores, ni conservadores ni progresistas, más allá de lo que sea funcional a la construcción del socialismo. A todos los opositores nos trata por igual. No somos seres humanos sino monstruosos “vampiros,” así como lo fueron los opositores al régimen castrista. En el fondo, ninguna minoría -ya sea étnica, religiosa, política o sexual- puede estar segura en el país que quieren construir Petro y Cepeda, porque todos podemos llegar a representar un estorbo. Igualmente, cualquier gobernante fiel a la Constitución de 1991, aquella que Petro y Cepeda quieren acabar, protegerá las libertades de cada colombiano, sin importar las creencias personales del mandatario.
La guerra a muerte será contra todos. Por eso es tan importante, sin importar quienes pasen a segunda vuelta, derrotar a la tiranía entre todos.
