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Semana Santa en Río de Janeiro

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En Río de Janeiro, la Semana Santa permea la piel, se respira, se vive con una intensidad casi sensual. Bajo la mirada serena y los brazos abiertos del inmenso Cristo Redentor, localizado en el magnífico cerro del Corcovado, podemos divisar toda la ciudad que nos acoge. Río es una ciudad cálida, luminosa, alegre, así es su fe.

Las ceremonias en la Catedral Metropolitana de San Sebastián son sobrecogedoras: inaugurada en 1979, es famosa por su estructura cónica de 75 metros de altura, inspirada en la forma de la mitra que usan los obispos. Sus cuatro vitrales gigantes, uno por cada punto cardinal, dejan caer sobre nosotros cascadas de entintadas luces, cubriéndonos completamente, como si el sol quisiera ungirnos con sus rayos. 

Afuera, las procesiones serpentean entre barrios coloniales y avenidas modernas, donde velas, cantos y pasos lentos contrastan con una ciudad que late con fuerza desbordada. En estos espacios religiosos te sumerges en experiencias únicas: la Vigilia Pascual, la Procissão do Encontro y el Canto da Verônica, cada una con sus ritos especiales.

Río, vibra. El famoso Pan de azúcar, un pico de Granito de 396 metros de altura y las, playas son un espectáculo humano y natural. Copacabana es un escenario infinito de gente bronceada por el sol y de alegría compartida; Ipanema seduce con su elegancia despreocupada; y Leblon susurra exclusividad y calma. Allí, la ciudad es celebración del mar, la arena, la brisa salada. Aquí se vive el alma “carioca” de esta ciudad fundada en una bahía, quizá la más hermosa del mundo.

Y qué decir del placer más dulce de Río, las pastelerías. Entrar en Confeitaria Colombo es viajar en el tiempo, rodeado de espejos, mármol y bandejas rebosantes de quindims, esos pequeños tesoros dorados, de yema, coco y azúcar y de delicados fios de ovos, que parecen hilos de oro comestible, ¡inolvidables!

Aprendí a hacer estas delicias cuando recién casada, hace más de 40 años, vine a Río por primera vez, a conocer a doña María, la abuela de mi primer marido. Ella me enseñó no solo esta fantástica ciudad, sino también a cocinar sus placeres culinarios. Tampoco olvidemos las sabrosas caipiriñas los asados y la feijoada, el sabroso plato de frijoles negros pequeñitos, llamados caraotas, preparados con embutidos y carnes ahumadas, harina de forofa, repollo y tajadas de naranjas.

Río es lujo y tentación. Las vitrinas de las joyerías, H. Stern resplandecen con piedras semipreciosas y joyas diseñadas con una elegancia que captura la esencia tropical del país. Topacios, amatistas, turmalinas: pequeños fragmentos de Brasil que uno puede llevarse como recuerdo eterno.

Y si el corazón pide más, la ciudad responde: discotecas y lugares donde la música jamás descansa, mercados llenos de encantos típicos, tallas en madera, piel de coco y cachaça. Todo seduce.

Finalmente, ¿cómo venir a Río y no participar de su otra religión: el fútbol? Entrar al estadio Maracaná es asistir a un espectáculo donde la multitud palpita, canta y se funde en una sola emoción.

Así es Río, un lugar donde lo divino y la vida se abrazan sin reservas, donde la fe se mezcla con el mar, la fuerza y belleza de sus olas, la samba y el deporte, y donde cada instante parece decir, que vivir a plenitud es el más sagrado de todos los actos.


© El Nuevo Siglo Bogotá