Ni educación ni formalidad laboral

La educación pública tiene un mandato sagrado en cualquier democracia: asegurar que el destino de un niño no dependa del ingreso de sus padres. Es la única vía legítima para erradicar la pobreza mediante el mérito y el esfuerzo. En Colombia, ese ascensor social está paralizado. Aunque se ha logrado que más niños vayan a la escuela, el sistema no ha logrado que aprendan lo suficiente para transformar sus vidas. La falta de rigor y la laxitud con la calidad educativa han convertido la meritocracia en una ilusión, manteniendo intactas las barreras que impiden el progreso real de las familias más vulnerables.

Llenamos las aulas, sí, pero sin contenidos. La educación pública, al permitir que la mediocridad reemplace a la excelencia, ha convertido la escuela en un espacio donde se perpetúa la desigualdad en lugar de corregirla. No se gradúa el mejor talento, el más preparado.........

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