El envejecimiento: el nuevo problema económico |
Colombia enfrenta un cambio que apenas empieza a reflejarse en las cifras, pero que tendrá profundas consecuencias económicas en los próximos años: el país está envejeciendo. Y lo está haciendo rápido, sin haber consolidado aún las bases de productividad y bienestar que ese proceso exige.
Los datos del DANE muestran una caída sostenida en los nacimientos y en la fecundidad. En términos simples: habrá menos jóvenes entrando al mercado laboral en el futuro.
Durante décadas, Colombia ha crecido, en parte, gracias a su bono demográfico: una amplia población en edad de trabajar que sostenía el consumo, la producción y las finanzas públicas. Ese ciclo se está cerrando. Con menos trabajadores, el crecimiento potencial de la economía se reduce, la base tributaria se debilita y la presión sobre el gasto social aumenta.
El sistema pensional es el primer frente de tensión. Hoy ya es excluyente e insuficiente. En un escenario con menos cotizantes y más adultos mayores, su sostenibilidad será aún más precaria. Lo mismo ocurre con el sistema de salud, que deberá atender una mayor carga de enfermedades crónicas con recursos limitados.
Pero el impacto va más allá de las finanzas públicas. Una economía con menos jóvenes tiende a innovar menos, emprender menos y consumir de manera distinta. Esto obliga a replantear el modelo de crecimiento: ya no será posible depender de la expansión de la fuerza laboral, sino del aumento en la productividad.
Aquí es donde Colombia muestra su mayor debilidad. La informalidad laboral, la baja sofisticación productiva y las brechas en capital humano limitan la capacidad del país para compensar la caída demográfica. En otras palabras, estamos perdiendo población activa sin haber construido una economía lo suficientemente eficiente.
El panorama es aún más desafiante en regiones como el Tolima. La salida de jóvenes hacia otras ciudades y la caída en los nacimientos pueden traducirse en economías locales más pequeñas, menos dinámicas y con mayores costos para sostener servicios públicos. El riesgo es claro: territorios que envejecen antes de desarrollarse.
Esto tiene efectos concretos. Menos estudiantes en colegios y universidades. Menos trabajadores para sostener la economía. Más presión sobre los servicios de salud. Municipios que pierden población y ven debilitarse su base productiva.
Sin embargo, este escenario no es inevitablemente negativo. Países que han envejecido han logrado sostener su crecimiento apostando por tecnología, educación de calidad y mercados laborales más flexibles e incluyentes. Colombia aún tiene margen para hacerlo, pero el tiempo es limitado.
El Tolima puede apostarle a una economía del cuidado, generar empleo alrededor de la atención a adultos mayores y atraer población que busque calidad de vida en ciudades intermedias.
La discusión no puede seguir siendo demográfica. El envejecimiento es, ante todo, un desafío económico. Ignorarlo hoy es comprometer el crecimiento de mañana.