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Campesinos: guardianes de la vida y sembradores de futuro

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19.03.2026

Durante generaciones, las familias campesinas han sido las verdaderas guardianas de la tierra, de los bosques, de las montañas y del agua. Aunque muchas veces han sido invisibilizadas en las grandes decisiones del país, su papel resulta esencial para el presente y el futuro de nuestra sociedad.

El campesino colombiano no solo cultiva alimentos. También protege ecosistemas estratégicos que sostienen la vida. Buena parte de las zonas rurales donde viven y trabajan las comunidades campesinas coincide con territorios de enorme riqueza ambiental: páramos, bosques andinos, cuencas hidrográficas y zonas de alta biodiversidad. Allí, en medio de caminos difíciles, veredas apartadas y condiciones muchas veces precarias, el campesinado ha desarrollado formas de producción que combinan el trabajo agrícola con el respeto por la naturaleza.

Durante décadas, la agricultura campesina ha demostrado que es posible producir alimentos sin destruir el entorno. En muchas regiones del país sobreviven sistemas tradicionales de cultivo que protegen los suelos, conservan el agua y mantienen una gran diversidad de semillas. Las huertas familiares, los cultivos asociados, las cercas vivas, la conservación de bosques protectores y el uso de abonos orgánicos son parte de un conocimiento acumulado que ha pasado de generación en generación.

Gracias a este trabajo silencioso, millones de colombianos pueden alimentarse cada día. Gran parte de los alimentos frescos que llegan a las plazas de mercado y a las ciudades —papa, maíz, fríjol, hortalizas, frutas, leche o café— provienen de pequeñas y medianas fincas campesinas. Paradójicamente, quienes producen buena parte de la comida del país suelen ser también quienes enfrentan mayores dificultades para vivir dignamente.

La historia del campesinado colombiano ha estado marcada por la marginalidad. El acceso limitado a la tierra, la falta de infraestructura rural, las dificultades para comercializar los productos, el escaso acceso al crédito y la insuficiente presencia del Estado han sido parte de la realidad cotidiana de muchas comunidades. A ello se suman las profundas heridas dejadas por décadas de conflicto armado, que golpeó con especial dureza a los territorios rurales.

Sin embargo, si algo caracteriza al campesinado colombiano es su enorme capacidad de resiliencia. A pesar de las adversidades, las comunidades rurales han sabido resistir, reconstruir sus territorios y seguir sembrando esperanza. Allí donde muchas veces el Estado ha sido débil o inexistente, las organizaciones campesinas han desempeñado un papel fundamental.

Las asociaciones de productores, las juntas de acción comunal, las cooperativas agrícolas y los procesos organizativos regionales han permitido fortalecer la economía rural, mejorar la comercialización de los productos y defender los derechos de las comunidades. Estas formas de organización también han sido clave para promover prácticas de producción sostenible, proteger las fuentes de agua y conservar los bosques.

En muchas regiones del país, los campesinos han asumido un compromiso activo con la defensa del ambiente. Han liderado procesos de reforestación, conservación de cuencas, recuperación de semillas nativas y promoción de la agroecología. No se trata solamente de cuidar la naturaleza por convicción, sino también de garantizar que las futuras generaciones puedan seguir viviendo de la tierra.

Colombia necesita reconocer y fortalecer mucho más el papel del campesinado. Los desafíos ambientales que enfrentamos —la deforestación, el cambio climático o la degradación de los suelos— requieren de aliados estratégicos en los territorios. Y nadie conoce mejor la tierra que quienes la trabajan todos los días.

Reconocer al campesinado como sujeto económico, social y cultural implica mejorar las condiciones de vida en el campo, garantizar acceso a la tierra, fortalecer la educación rural, promover infraestructura productiva y apoyar los mercados campesinos que conectan directamente a productores y consumidores.

También es indispensable fortalecer la articulación entre las diferentes organizaciones campesinas. Cuando el campesinado trabaja unido, su voz se hace más fuerte y sus propuestas tienen mayor capacidad de incidir en el rumbo del país.

Pero quizá el mayor desafío sea cambiar la mirada del país sobre el campo. Durante mucho tiempo Colombia ha visto al campesino como un actor secundario del desarrollo. La realidad es exactamente la contraria: sin campesinado no hay alimentos, no hay equilibrio ambiental y no hay territorios vivos.

Tal vez ha llegado la hora de entender una verdad sencilla pero profunda: el campesinado no es un problema que haya que resolver, sino una de las mayores riquezas que tiene Colombia.

Cuidar al campesinado es, en el fondo, cuidar el futuro del país.


© El Nuevo Día