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Del Estado como persona inmoral (parte segunda)

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11.10.2019

“El Estado es la substancia ética consciente de sí misma, la reunión del principio de la familia y la sociedad civil». Hegel

Iniciamos la semana pasada unas reflexiones sobre el Estado y su naturaleza y filosofía. Pasamos desde la consideración de su condición de persona moral, además de sujeto titular de derechos y obligaciones, a la apreciación de sus actuaciones advirtiendo que, si bien era un ente jurídico y político, se mostraba también como un ser signado por valoraciones éticas que constituían su razón verdadera.

La paradoja se muestra al advertir que ese Estado que legisla y marca las pautas de vida de sus receptores puede conducirlos al totalitarismo, como algunos quisieron hacer con la presentación ideal del Estado en Hegel.

La teoría no se corresponde siempre con el ejercicio que pretende realizarla y las innovaciones como tentaciones, al principio lucen como enriquecimientos legítimos o, al menos, buenos propósitos o incluso, avances propios de una bella utopía, pero pueden degenerar y devenir atroces e inhumanas.

Nadie puede negar que esa creación del hombre como aquella otra de la democracia sea, racionalmente, una obra capital en la historia societaria, especialmente desde el renacimiento que, con la modernidad, revelan al hombre y le dan sentido humano al poder y a la institucionalidad. Otra vez evocamos a los latinos y, ubi homo, ubi societas, ibi ordo, ibi jus.

Empero lo dicho, es menester admitir que toda empresa humana, individual o social, puede desviarse, extraviarse o contaminarse. Sorprende a ratos, pero allí donde el alma humana mora, hemos visto al bien y al mal. Es bueno no olvidarlo.

En términos sencillos, repitamos que el Estado se pensó para el bien, como nos lo informó Aristóteles al indicar que se orientaban todas las hechuras humanas en esa dirección. Habría, pues, una huella ética caracterizando la conducta del hombre.

Veinte siglos de eclipse de la democracia no han impedido que como el fénix resurja y se postule a la cima de las construcciones políticas y de la política que, mencionado sea, el estagirita ubicó en las ciencias éticas junto al derecho. Ambas, la política y el derecho se distinguirán porque son prácticas, realidades que se objetivarán en el proceso humano dialéctico y perpetuo.

Hoy el Estado es objeto de análisis, mediciones, tipologías, categorizaciones, comparaciones y predicciones. Como diría la profesora Julia Alcibíades y rememorando la Retórica de Aristóteles, puede ser glosado, comentado, evaluado para conocerlo y eventualmente hacerse un juicio sobre él, desde una perspectiva de lo que es, actualmente o creemos que es y, desde una colina para otearlo en el horizonte que se vislumbra en el futuro. Hay con respecto al Estado una ponderación en el tiempo que lo extiende industrioso, “ex tunc et ex nunc”.

Nació pues el Estado para, como instrumentación societaria, asegurar al individuo ante el peligro cierto de los otros individuos. El Estado es la concreción del pacto social hemos afirmado, es el hombre en sociedad, es un ser vivo, activo, presente como el fenómeno humano mismo y como tal, ofrece su concurso además a cada uno y a cada cual. No debe pertenecer a nadie porque es comunitario y así, de todos, cuida y haciéndolo cuidamos nosotros mismos, de nosotros mismos y de los congéneres.

Es pues el Estado una existencia con formas y maneras, usos, modos, que sin embargo perseguiría el bien común y, desde luego, debe ser visto con ese sentido, con ese contenido, con esa potencia, con esa ontología.

El Estado es entonces un hecho político, llamado a hacer política que, como nos ilustró el hijo de meteque........

© El Nacional