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Metamorfosis política

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13.06.2019

¿Es posible que un águila pase a ser un halcón para luego terminar siendo un buitre? La escritora británica J. K. Rowling ha dado cuenta de la existencia de ciertos “animales fantásticos”. Nunca se sabe. La verdad es que, en medio del pesado transitar de este desdibujado presente, nada pareciera ser imposible. Si ya en tiempos de Leonidas los ruines intereses de un disforme –retorcido y genuflexo– pusieron en peligro la seguridad de toda la cultura occidental; si, según Maquiavelo, lo gris que hay en el hombre es, más que una característica, su rasgo común preponderante; si el bien supremo se representa más como la riqueza, el poder o la sensualidad que como la virtud del bien verdadero, ¿qué de extraño puede tener –en una sociedad que ha hecho de lo efímero y fugaz su mayor éxito, de la compra-venta el único valor significativo de la existencia, de las formas vacías el eco de un ardid en el silencio de la nada– que se produzcan las más inverosímiles metamorfosis políticas? Se es lo que se hace. Ser es hacer. Un empresario no puede hacer política sin dejar de pensar en los negocios. La llamada antipolítica no es tan antipolítica después de todo, aunque suela conducir los destinos de un país como si se tratara exclusivamente de una corporación financiera, en claro detrimento de la eticidad.

“Todas las opciones están sobre la mesa” se ha dicho una y otra vez. Y sin embargo, todo indica que de todas las opciones la más probable lleve los signos de un águila que de halcón ha devenido carroñero. Como dice el adagio popular: “Tanto nadar para morir en la orilla”. No pocas veces, en política, la lealtad es conducida directamente por intereses calculados: se trata de ser práctico –se dice– y........

© El Nacional