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Los demonios sueltos

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29.08.2019

El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Después de que terminara la guerra de Independencia, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. Siempre es bueno recordar la asombrosa vigencia de la conocida carta escrita por Bolívar, al final de sus días, a Juan José Flores, del 9 de noviembre de 1830: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”. Bolívar resume, con extraordinaria precisión, lo que por más de cien años –con contadas excepciones– ha caracterizado a Venezuela y, en no poca medida, a la América Latina.

Las luchas intestinas entre “conservadores” y “liberales” en Venezuela son, más o menos, similares a las del resto de Latinoamérica. Todas comportan una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto tiempo, volver a abrirse y sangrar. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras a las que Hegel define como “señorío y servidumbre” o la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, no obstante, son interdependientes y, en última instancia, idénticos, en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son elitistas, los otros populistas. Los........

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