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Laberintos

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22.10.2020

“No habrá nunca una puerta. Estás dentro

y el alcázar abarca el universo

y no tiene ni anverso ni reverso

ni extremo muro ni secreto centro..

Es de hierro tu destino

como tu juez..”

Jorge Luis Borges, El Laberinto

El laberinto es uno de los símbolos histórico-culturales que refleja con mayor precisión -aunque, no pocas veces, dialécticamente invertida- la propia interioridad del Espíritu. Es, de hecho, una de las mayores alegorías de su complejidad. Las galeras de “la mente heróica” viquiana son laberintos que se transitan una y otra vez, en un recorrido de confusos y ansiosos senderos que con inesperada frecuencia se interrumpen, se bifurcan y se quiebran, sin principio ni fin, y que, siempre de nuevo, deben ser re-iniciados, re-trazados, re-transitados en busca de una salida, para no perderse, que termina siendo un nuevo -aunque siempre viejo- comienzo. La vida es historia y nada más que historia, si por historia se comprende no la memoria sino el recuerdo del propio calvario: un hacer que es un pensar y un pensar que es un hacer en continua, perenne, construcción, destrucción y reconstrucción. Pero, por eso mismo, la historia es el laberinto por el que, paso a paso, la humana voluntad inevitablemente transita, no sólo para encontrarse -o extraviarse- en y con el mundo, sino, y al mismo tiempo, para encontrarse -o extraviarse- en sí y consigo misma. Un laberinto infinito, en forma de espiral, cifra los caracteres del código genético de la humanidad.

Como el universo entero, o como la propia existencia, el laberinto es señal de desafío, de........

© El Nacional


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