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¡Veinte puntos!

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15.10.2020

Un mediocre o una “mediocra” -como dirían, por cierto, los mediocres asistidos por estos tiempos de salvaje mediocridad-, nunca dejará de autocalificarse como el más competente, el más apto, el mejor. El mediocre se halaga a sí mismo, presume de sus arduas batallas y de sus incalculables éxitos, se premia, se obsequia. Acaricia los múltiples títulos de la triquiñuela, con la que cree haber logrado engañar a todos. A fin de cuentas, la apariencia es la única realidad con que cuenta, su un, dos, tres, cinco, diez, veinte continuo, obsesivamente interminable e indetenible, “a paso de vencedores”. Él es the best of the best, la última mutación del homo sapiens, la ‘cresta craneal’ del veinte puntos por los caminos verdes de la trampa. Y cuando se ponen más astutos o más malandros, y logran finalmente asociarse o formar comparsas y cofradías, se puede llegar a creer que se trata de un encuentro de celebridades, de puras estrellas del firmamento. Los cielos de la web se iluminan, los aplausos no paran, los halagos no alcanzan. Cada uno de ellos conoce bien el tamaño del rabo de paja del otro. Por eso, taparlo es taparse. Y todos se tapan. Son piratas, aves de rapiña. Son las consecuencias sombrías de los afanes de la producción en serie y, por supuesto, el producto de los insufribles ‘eternos retornos’ de la industria cultural. Si los chinos pueden producir teléfonos o zapatos como churros, ¿qué puede impedir que se produzcan canallas como chorizos por la simple transmutación alquimica de la calidad en cantidad? Y es que hay que intentar, en lo posible, de ocultar la mediocridad a punta de mala infinitud, porque sólo ella resiste la insuficiencia detrás de una cuantificación externa y convencional, numéricamente artificiosa, plenada por el indetenible afan de contar el........

© El Nacional


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