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Un testaferro cultural de Castro

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21.08.2019

Ha muerto Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930-2019), el intelectual cicatero del castrismo, en una capital que perpetúa el Periodo Especial tras el colapso de la Unión Soviética y el recrudecimiento del embargo al comienzo de la década de los años noventa.

Una “ciudad” de moteles y bares saturados de chicas y chicos, que ejercen la trata como un deporte ecuestre, con pudientes viejos y longevas izquierdistas del mundo capitalista y recienvenido que buscan un poco de carne lozana a cambio, no de una plática sobre el marxismo leninismo o la invasión de Bahía de Cochinos, sino de una prenda nueva o unas bragas de playa, o si la carne no está afeada por el hambre y la bareta, 10 euros que alivien la vida triste y fétida, o una cena con pollo en algún Paladar o cien gramos de marisco, o unas zapatillas o si fuera posible un móvil, algo que no esté en la cartilla de racionamiento.

Ha muerto tras una larga vidorria de viajes, sumisiones, bajezas y persecuciones. Alto, demacrado, con una barba de tres días y la perilla de siempre, la eterna guayabera de la casta tiránica, manchado el rostro por los tropiezos del destino, con paso cansino, como corresponde a un ejemplar de su especie.

Y el cielo ha llorado. Díaz-Canel, Maduro y Evo, Granma, Sierra Maestra, Prensa Latina, Radio Habana, Bohemia, Trabajadores de Cuba, la Unión de Periodistas con sus directores, vicemandatarios, primeros secretarios y consejeros del despacho han exaltado las virtudes del difunto, elevándole, así, a los altares insignes de la revolución proletaria y la cultura nacional, científica y de masas.

Otro tanto sus corifeos en la prensa del continente, la primera de todas, la revista Arcadia, órgano oficioso del Ministerio de Cultura de Colombia, en representación de las huestes culturales de FARC/Santos y sus compañeros de viaje Arturo Alape (Premio Casa de las Américas), Álvaro Castillo Granada (Premio a la importación de libros de viejo, lámparas art nouveau y deco, óleos, grabados, vajillas y cubertería de apestados cubanos), Carlos Bastidas (Premio Casa de las Américas), Carmiña Navia (Premio Casa de las Américas), Fernando Rendón (1550 lecturas de sus poemas en 90 países), Hugo Niño (dos veces Premio Casa de las Américas), Isaías Peña Gutiérrez, Jaime Mejía Duque, José Luis Díaz Granados, Juan Cárdenas (Premio Casa de las Américas), Juan Manuel Roca (dos veces Premio Casa de las Américas), Margarita García Robayo (Premio Casa de las Américas), Nelson Romero (Premio Casa de las Américas), Oscar Collazos (empleado de Casa de las Américas, donde escribió calumnias políticas contra Lezama Lima, Cortázar, Vargas Llosa y trató de enlodar a GGM tras la obtención del Rómulo Gallegos), Pablo Montoya (Premio Hugo Chávez y Casa de las Américas), Patricia Ariza (Medalla Haydée Santamaría), Piedad Bonet, (Premio Casa de las Américas y Mariana Garcés, progenitora de un tratado donde una señora empuja a su hijo al suicidio a fin de conceder una entrevista a El Mundo de Madrid), Roberto Burgos (Premio Casa de las Américas), Rodrigo Parra (dos veces Premio Casa de las Américas), Rómulo Bustos, Santiago Gamboa, Santiago García (Medalla Haydée Santamaría) o don Vito Apushana (Premio Casa de las Américas).

Nómina que estaría inconclusa sin sus peones de brega venezolanos Alberto Rodríguez Carucci, Eddy Rafael Pérez, Edmundo Aray (Medalla Haydée Santamaría), Enrique Hernández d‘ Jesús, Gustavo Pereira, Luis Alberto Crespo, Luis Britto García (cuatro veces Premio Casa de las Américas), Miguel Márquez o William Osuna. Algunos más muertos que vivos. Menos premiados, que mal atendidos, durante los 58 años que estuvo Retamar al frente de esa agencia de sometimiento estalinista que es Casa de las Américas.

Todavía hay quienes creen que el advenimiento del boom de la literatura de América Latina fue una secuela de la Revolución cubana, la Casa de las Américas y las rediciones de Calibán, el tratado doctrinario de Fernández Retamar. Pero no es cierto. Carlos Barral y Jaime Gil de........

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