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El atroz redentor

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19.02.2020

Jhon Murrell falleció en 1844, de tuberculosis, en Pikeville, un pueblo de cuatro casas entonces, que hoy tiene 1.500 habitantes, en Tennessee, 17 años antes de que estallara la Guerra Civil norteamericana. Tenía 34 años, pero había pasado la mitad de su vida en varias cárceles, primero por robar caballos, y, por último, porque habiéndose convertido en un vigoroso predicador, promovió una rebelión de esclavos, con el patrocinio de un grueso número de bandoleros y abolicionistas. En la Navidad de 1935 Murrel y un tal Clan Místico incitaron un levantamiento en cada uno de los estados donde la esclavitud era legal, invocando la Revolución Haitiana (1791-1804) el primero de los movimientos revolucionarios de América Latina, que culminó en la abolición de la esclavitud en la colonia francesa de Saint-Domingue y la proclamación del Primer Imperio de Haití.

La pretensión de Murrell, al promover los levantamientos contra los blancos del sur, era que, al causar suficiente caos, se apoderaría de vastas regiones y haría a Nueva Orleans el centro de sus operaciones criminales, en especial la reventa de esclavos fugitivos de las haciendas donde aún no había logrado extender sus dominios.

Lo cierto es que en el verano de 1835 hubo disturbios en los barrios prostibularios de Nashville, Memphis y Natchez, y que una veintena de esclavos y unos diez hombres blancos fueron ahorcados acusados de complicidad con Murrell. Y en un pueblo de Mississippi, una multitud expulsó a los jugadores de naipes creyendo que hacían parte de la trama. Como se resistieron, la mafia local los ahorcó. Igual sobresalto se extendió por muchas partes del sur tras la muerte de Murrell, desde Huntsville hasta Nueva Orleans, y se crearon comités para buscar e identificar sus simpatizantes y eventuales levantamientos similares de esclavos.

Hace dos semanas, en Bogotá, una periodista nacida en provincias, al parecer nieta de un sonado mercader de loterías de su pueblo, que con una fingida pobreza ha llegado a las cúspides del cuarto poder, protagonizó un aquelarre radial de enorme secuela al ultrajar de manera violenta y patana al asesor presidencial de Duque en materia de prensa.

Según algunas emisoras, la esposa del presidente Duque había utilizado, al final de la primera semana de febrero uno de los aviones de la flotilla presidencial para trasladarse, junto a sus tres hijos y otras personas más a un parque temático al oeste del país para celebrar el cumpleaños de la menor de sus hijitas. Iban, de paso, a esperar a su padre y marido que estaba por esos lados cumpliendo labores en pro de la seguridad del país, resquebrajada, como consecuencia del pésimo pacto de Santos y las FARC, que ahora se hacen llamar ELN.

El hecho sirvió para que uno de los congresistas de los partidos políticos que odian a Duque, miembro de la constituyente de 1991 que abolió la extradición de colombianos y premió con una cárcel de lujo a Pablo Escobar, dijera, calumniando, que no era la primera vez que se usaba un avión presidencial para “cosas indebidas”, vociferando que, hacía poco, la señora del mandatario había enviado la nave, desde Cartagena hasta Bogotá, a transportar un vestido recién planchado; que el avión se había retrasado varias horas y por tanto habían tenido que posponer una reunión con el cuerpo diplomático. Se olvidaba el servidor de su amo diverso, prácticamente ya descerebrado, que la esposa y los hijos del presidente no son “particulares”, sino la familia del mandatario.

El uso del avión presidencial........

© El Nacional