Por una agenda estratégica para la educación en Chile

La educación no admite más improvisaciones ni atajos. Cada decisión mal planificada deja una estela de efectos acumulativos que pagamos por décadas.

Chile discute sobre educación como si aún viviéramos en el siglo XX. Mientras el mundo avanza hacia sistemas escolares capaces de formar pensamiento crítico, juicio ético y uso responsable de la inteligencia artificial desde la sala de clases, nuestro debate sigue atrapado entre reformas parciales, correcciones de último minuto y políticas que cambian antes de mostrar resultados. El problema dejó de ser solo un tema pedagógico: es estratégico. Y su costo lo pagan y seguirán pagando los estudiantes; los de hoy y los del futuro.

Los datos son elocuentes. En las últimas dos décadas, la calidad de la educación escolar en Chile no solo no ha mejorado de manera sostenida, sino que muestra signos claros de estancamiento y retroceso. Las pruebas Simce evidencian una caída persistente en comprensión lectora y matemáticas, especialmente tras la pandemia. Las últimas mediciones de PISA confirman la tendencia: Chile se mantiene bajo el promedio OCDE en lectura y matemática, con brechas profundas asociadas al origen socioeconómico. A los 15 años, una proporción significativa de estudiantes no logra distinguir hechos de opiniones, entre una fuente verdadera de una falsa, inferir ideas principales o resolver problemas básicos.

Y todo esto ocurre en un contexto paradójico. Según los informes Education at a Glance 2023 y 2024, Chile destina a educación escolar (primaria y secundaria) un porcentaje del PIB comparable –e incluso superior– al promedio OCDE. El esfuerzo fiscal existe y es más que generoso. El presupuesto en educación ha sido significativo y sostenido. Sin embargo, cuando se observa el gasto por estudiante, Chile sigue muy por debajo de los países de desempeño medio-alto. En otras palabras, gastamos mucho en términos agregados, pero poco –y mal– donde importa: en cada niño y niña........

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