Un país sin doctrina de seguridad estatal

La seguridad no puede seguir siendo utilizada como arma de desgaste mutuo. Hay temas donde la derrota del gobierno termina siendo la derrota de todos. porque cuando el crimen organizado avanza, no pregunta por la ideología de sus víctimas.

La seguridad no admite frivolidades. Tampoco trincheras. Mucho menos, la pequeña satisfacción de ver al adversario tropezar allí donde el país sangra. Chile atraviesa uno de esos momentos históricos en que la política debe decidir si seguirá comportándose como una disputa de facciones o si volverá a ser, aunque sea por un instante, una forma superior de responsabilidad colectiva.

Las recientes declaraciones de la Ministra de Seguridad, y la confusión instalada en torno a la existencia —o inexistencia— de un verdadero plan nacional de seguridad ciudadana, han abierto un debate inevitable. Pero sería un error reducirlo a la caricatura habitual: gobierno incompetente versus oposición indignada. Eso sería demasiado fácil. Y demasiado inútil.

La verdad es más incómoda.

Chile lleva años enfrentando un fenómeno que ninguna generación política contemporánea comprendió a tiempo. Creímos vivir protegidos por una excepcionalidad institucional latinoamericana que terminó siendo menos sólida de lo que imaginábamos. Mientras discutíamos identidades, símbolos y relatos, el crimen organizado aprendía logística, control territorial, lavado de activos y captura de barrios completos. Nosotros debatíamos consignas; ellos construían estructuras.

Y así, casi sin darnos cuenta, el país pasó de temer a la delincuencia a temer por la erosión gradual del orden civil.

He escuchado a dirigentes oficialistas........

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