El fin de la democracia
Podemos y debemos condenar dictaduras. Pero no podemos hacerlo abrazando prácticas que destruyen el derecho internacional y legitiman el colonialismo. La democracia no se defiende traicionándola. Se defiende con límites, con instituciones, con valores universales aplicados sin doble estándar.
La democracia mundial no se está cayendo “de golpe”. Se viene desfondando hace varias décadas, a plena vista, y no lo digo en forma retórica: lo estamos viendo en vivo y en directo. Lo de Venezuela, al iniciarse el año 2026, no es un episodio aislado, sino el resultado de un proceso largo, que se fue normalizando paso a paso: la erosión de la representación, el desgaste de los límites institucionales, la intolerancia como modo de estar en el mundo y el reemplazo del debate por el insulto, por el “tú eres enemigo” antes de escuchar una sola idea.
Durante años, los grandes liderazgos democráticos se fueron convirtiendo en administradores de una agenda que mucha gente sintió lejana. Un lenguaje de expertos, de tecnócratas, muchas veces correcto en la forma, pero cada vez más desconectado de lo que de verdad exprime la vida cotidiana a la gran mayoría. Y así se instaló, en Estados Unidos y en casi todas partes, una sensación que la gente repite con rabia: existe una casta. Una élite que se reproduce, que se protege, que se reparte poder, que se habla entre sí, y que al final termina convencida de que “representa” aunque nadie se sienta representado.
La gente se saturó de no verse reflejada en nadie. Y cuando una sociedad llega a ese punto, queda abierta la puerta a lo peor: a la idea de que, si las instituciones “no sirven”, entonces cualquier atajo vale. Ahí empieza el verdadero fin. Cuando el método deja de importar. Cuando el fin pasa a justificar cualquier medio. Y cuando eso ocurre, lo que se derrumba no es un gobierno: es el piso completo.
En ese contexto, Estados Unidos –que por décadas se vendió como aliado natural de Europa y como garante de la democracia liberal, del derecho internacional, de los derechos humanos– cambia de rol. Ya no quiere ser “defensor” de nada; quiere ser un poder transaccional:........
