Chile no tiene oposición

Los partidos, capturados por sus propias lógicas, promueven perfiles funcionales a la estructura, no al país. Se privilegia la lealtad sobre el talento, la comodidad sobre el carácter.

Transcurrido un tiempo razonable desde la elección de Kast como Presidente, resulta evidente que Chile hoy no tiene oposición. No una oposición real. No una que comprenda el lugar que ocupa, que lea el momento histórico y que sea capaz de ofrecer al país una alternativa política en sintonía con el siglo XXI, y no con la nostalgia de un pasado que ya no volverá.

Lo que existe es otra cosa: fragmentos, inercias, estructuras vacías que sobreviven más por costumbre que por convicción. Y, en medio de ello, las pequeñas miserias humanas –esas que, como bien cantaba Serrat, se posan inevitablemente sobre los párpados yertos– terminan por colonizarlo todo.

Este fenómeno no es exclusivo de la oposición. También alcanza a los partidos de gobierno, lo que, lejos de exculpar, agrava el diagnóstico. Ni siquiera estos conservan hoy la capacidad de moderar el rumbo. Han perdido densidad política y autonomía, tensionados por nuevas hegemonías internas que los obligan a disciplinarse bajo sospecha permanente.

No me detendré en la derecha. Sus disputas me resultan irrelevantes. Lo verdaderamente importante –y peligrosamente invisibilizado en medio del desorden general– es que aquí no se perdió simplemente una elección: se perdió la mayoría del país. Y, lo que es peor, se perdió la capacidad de preguntarse por qué.

La autocrítica ha sido sustituida por........

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