El poder de conversar

Lo que une las tres salidas es una misma lógica: la ciudadanía, cuando conversa, supera los dilemas que la política reproduce.

Comprender el pulso de una sociedad no es fácil. Las encuestas capturan opiniones ya cristalizadas; los algoritmos de las redes amplifican los extremos y les dan visibilidad. Los medios de comunicación toman esas posiciones y las reproducen. Así, el debate público se empobrece y se encierra en dilemas simples. En este contexto prosperan los diagnósticos ideologizados y las propuestas reduccionistas. Todo está mal, el Estado está quebrado, las calles son peligrosas.

Ese cuadro de catástrofe legitima la refundación: si todo está tan mal, entonces todo vale. Y la solución es igualmente simple: si los negocios andan bien, todo lo demás andará bien. Es la vieja lógica del “chorreo” revestida de eficiencia.

Un buen antídoto para este círculo vicioso es tener espacios, capacidades y prácticas de conversación. Lugares donde procesar tensiones o dilemas, donde aprender a reconocer el valor de la opinión de otro, respetar y procesar las diferencias. En las conversaciones y los encuentros, las ideas circulan, se escuchan razones distintas a las propias, las opiniones cambian, emergen acuerdos que nadie habría imaginado antes de sentarse a hablar.

Como señalaba el sociólogo Jesús Ibáñez, la conversación no registra lo que la gente piensa, sino que produce el pensamiento mismo. Es ahí donde una sociedad elabora sus contradicciones y construye posiciones diferentes, que nos sacan de los dilemas y nos permiten avanzar.

Aunque en Chile estos espacios son escasos, en los últimos años han existido al menos tres procesos conversacionales organizados con una muy alta convocatoria. Los Encuentros Locales Autoconvocados (ELA) del proceso constituyente de Bachelet (2016), que reunieron a más de 127.000 personas. Los cabildos autoconvocados del estallido social (2019–2020), que sumaron 1.233 encuentros y fueron........

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