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El final de los tiempos de la Iglesia sectaria

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26.03.2019

La aceptación de la renuncia de Ezzati y el nombramiento de Celestino Aós, español, capuchino y actual obispo de Copiapó, marca –esta vez sí– un cambio irreversible en la Iglesia católica, porque esencialmente se termina la época de la displicencia, el encubrimiento y la clandestinidad. El trabajo que los católicos tienen que hacer es inmenso y apenas comienza. Ellos deben ahora confesarse a sí mismos la condiciones perseverantes del abuso en su comunidad y de los efectos de esos atropellos en el resto de la sociedad en la que están inscritos y de la que reclaman respeto.

El Papa Francisco, en una de sus cartas, llamó a restablecer la integridad de la Iglesia chilena a partir de la figura del cardenal Silva Henríquez. Moros y cristianos están bien dispuestos a acoger esta tentativa que salva a un héroe de la humanidad y lo convierte en el soporte histórico de una Iglesia comprometida con su gente.

El costo de esta elevación es perpetuar la oscura repartición del poder que crea las condiciones irrefrenables del abuso en el seno de la Iglesia. El proceso de reconciliación de esta con el mundo, necesita reconocer que las prácticas de corrupción están entrelazadas con las formas ancestrales de ejercer la autoridad.

Conocidos los casos de Precht, de Miguel Ortega, del obispo Tomás González y de otros cercanos, es necesario concluir que Silva Henríquez no fue el primero de una nueva época, sino el último de una vieja guardia displicente. Después de él entramos en la corta era de los encubridores activos. Antes de él, la permisividad con el abuso era la regla, el abuso no era abusivo. Después de él, ya no fue posible alegar ignorancia ni razones superiores para tolerar la pedofilia.

Estamos ante una Iglesia tan lenta, tan alejada de la historia y de la vida diaria de las personas, que ha tolerado y se ha nutrido de todas esas prácticas que llama abominables. No puede evitarlas con su actual estructura, porque ellas configuran el entramado mismo de un poder secreto, principesco y, por anacrónico, eminentemente corruptible. Es verdad que la política sexual de la Iglesia está encadenada a una monarquía extemporánea y que ambas distorsiones van de la mano del velo que protege las debilidades humanas........

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