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El desplome del PDC como organización

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25.05.2021

En su clásico estudio sobre los partidos, Key (1994) distinguió tres dimensiones de estos para comprender sus funciones en el sistema democrático. Planteó que los partidos son, en primer lugar, un conjunto de votantes, militantes y activistas que compiten en elecciones (el partido en el electorado); en segundo término, son una organización extraparlamentaria, con activistas, dirigentes y recursos institucionales, diseñada en gran medida para participar en las elecciones, reclutando y capacitando cuadros, articulando y agregando intereses políticos (el partido como organización); y por último, son una organización que busca crear mayoría de gobierno, organizarlo (nombramiento de ministros y altos funcionarios), definir e implementar los objetivos de política y controlar la administración (el partido en el gobierno, party government).

Las tres dimensiones descritas se interrelacionan estrechamente, aunque la más importante para la sobrevivencia del partido es su capacidad de desempeño en el gobierno porque “los votantes solo podrán confiar en los partidos si ellos tienen alguna capacidad de liderazgo para hacer realidad políticas públicas acordadas en el gobierno” (Strom, 2000: 182-183). Como los ciudadanos evalúan a los partidos en las elecciones según los resultados de las políticas públicas, los errores o insuficiencias en estas tendrán consecuencias en las urnas. Por esto, requieren de una organización que seleccione a los mejores candidatos y prepare orientaciones políticas que guíen la campaña electoral, con una apreciación cuidadosa de las necesidades ciudadanas.

Los resultados de las cuatro elecciones celebradas el 15 y 16 de mayo pasado significaron un terremoto político. Si bien fueron comicios distintos (de constituyentes, gobernadores, alcaldes y concejales), los resultados apuntaron hacia una misma dirección y remecieron el sistema de partidos políticos, abriendo una gran incertidumbre sobre el futuro político.

Fueron elecciones críticas, sobre todo la de constituyentes, de aquellas que los estudiosos del comportamiento electoral coinciden en que producen un cambio fundamental en las preferencias del electorado al romper alineamientos históricos y permitir la aparición de nuevos referentes. Todo esto genera cambios en el sistema de partidos por la nueva correlación de fuerzas y mutaciones en sus tres dimensiones, especialmente en su presencia en el electorado y como organización. Estos comicios marcan un antes y un después en la historia del sistema chileno de partidos políticos, 33 años después de otra elección crítica, el plebiscito de 1988, que inició el proceso que puso fin a la dictadura de Pinochet y determinó los partidos que predominarían en la política competitiva hasta ahora.

Las elecciones fueron particularmente crítica para el PDC por dos motivos. El primero, por su fracaso como organización en la elección de constituyentes, al lograr solo uno de los 155 convencionales que redactarán la nueva Constitución, el presidente de la colectividad, Fuad Chahin. La conducción del PDC entregó mensajes contradictorios a su electorado, al tener entre sus candidatos a personas que recibieron millonarios aportes del sector financiero, posicionando a la colectividad como cercana a posiciones de los grandes empresarios, mientras se descuidó el apoyo a militantes, académicos y profesionales críticos de las políticas neoliberales.

El PDC, que marcó la política chilena durante más de medio siglo, con figuras de enorme prestigio nacional e internacional, como Eduardo Frei Montalva, Patricio Aylwin y Gabriel Valdés, quedó al margen de una institución crucial para el futuro del país, que redactará la nueva Constitución que regirá el país durante las próximas décadas. En pocas palabras, el PDC, al que Jaime Castillo Velasco y Eduardo Frei Montalva definían como un partido nacional y popular en 1957, se ha desnacionalizado y dejó de ser un partido nacional en cuanto organización en el proceso constituyente.

El segundo motivo, en una aparente contradicción con el anterior (“una paradoja”, podría escribir el rector Carlos Peña), el PDC muestra su continuidad como partido en el electorado, en las otras tres elecciones. Cuatro de los 13 gobernadores que pasaron a la segunda vuelta son DC, destacando entre ellos Claudio Orrego por la región Metropolitana, que competirá con una candidata del Frente Amplio el 13 de junio. En la elección de alcaldes eligió 46, tres más que en los comicios de 2016, y en la de concejales fue la segunda lista más votada después de RN, con 699.899 votos. Este resultado benevolente adquiere peso al conferirle un poder político (de “amenaza”, diría Sartori), porque sus votos son indispensables para que la centroizquierda derrote a “la” derecha en las elecciones presidenciales de noviembre. Es un poder político informal, de gestión u administración, porque la DC carece de una organización nacional para el proceso constituyente.

La DC en el electorado se ha debilitado sistemáticamente en cada elección desde las de 1997. En ninguna de ellas sus parlamentarios, altos funcionarios de los gobiernos (ministros y subsecretarios) y los dirigentes nacionales del partido se detuvieron a analizar exhaustivamente las causas de tales resultados, buscar los errores cometidos e identificar qué ideas fueron mal articuladas en la campaña, entre otros factores. Es decir, no hicieron una autocrítica, que partiera por admitir que escucharon el mensaje de la ciudadanía y en la que se comprometieran a enmendar su conducta política futura para recuperar su confianza en los próximos comicios. Tal debería ser la actitud de políticos de partidos modernos en las democracias avanzadas después de cada derrota, para lograr volver después al gobierno.

Pero la DC ha actuado como si nada........

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