En el contexto global que nos rige, desear un feliz año 2024 suena entre retórico y rupturista. En parte importante porque el planeta ya no nos soporta a los humanos y lo demuestra cada día con ciclones, erupciones, socavones, tormentas, inundaciones, incendios y terremotos. Además, porque los sistemas políticos no ayudan. En casi todos se está atornillando al revés.

Esto es así porque, incluso en las versiones relativizadas de Winston Churchill y Karl Popper, la democracia occidental ya no es lo que era. Quienes la representan no tienen liderazgo y las polarizaciones en la clase política la reducen a un rito electoral entre minorías (a veces con carácter obligatorio). En América Latina esto viene sucediendo hace rato y el fenómeno ya se instaló en los Estados Unidos. Un reciente artículo del politólogo Robert Kagan, en el Washington Post, advierte que un inminente nuevo gobierno del autogolpista Donald Trump sería “un sendero desbrozado hacia la dictadura”.

No es casual que ese síndrome esté coincidiendo con la resignación ante la amenaza y/o normalización de la guerra. A esta altura, ya es evidente que la Guerra Fría sólo impidió la confrontación bélica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias hegemónicas. Pero incluso entonces, en plena vigencia del “equilibrio del terror”, Raymond Aron advirtió que a la corta o a la larga el derecho internacional debía someterse a la realidad: la guerra seguía existiendo y “no bastaba proclamar su desaprobación moral”. En 1992, mientras Francis Fukuyama decía que el fin de la Guerra Fría traería “el fin de la Historia” -interpretable como hegemonía pacífica de las democracias de mercado- otros autores reconocían que la paz, históricamente, era menos autosustentable que la guerra. Samuel Huntington lo planteó en un texto de 1993, en Foreign Affairs, bajo el concepto de “el choque de las civilizaciones”. En su libro de 1995 El brillante porvenir de la guerra, Philippe Delmas -quizás el más crudo de los analistas realistas- se mofó de los idealismos simplistas y las utopías jurídicas: “Dejemos de creer en el amor a la paz y al derecho, los tratados son el fruto de dilatadas pruebas de fuerza política”.

Como vivimos el fin de la cultura del libro, es improbable que los dirigentes políticos actuales conozcan esas advertencias. Lo que sí es seguro es que se están cumpliendo. En el actual mundo multipolar, con la ONU en modo reposo, es más fácil creer que el arma nuclear no tiene empleo posible y que agredir no expone a las penas del purgatorio.

La invasión de Rusia a Ucrania es un ejemplo paradigmático y contagioso. Con esta guerra en desarrollo, Vladimir Putin creó un eventual efecto-demostración para China respecto a Taiwán que, de arrastre, implicaría a los Estados Unidos. Kim Jong Un, por su parte, convirtió Corea del Norte en un reservorio de armas nucleares y ha declarado su intención de usarlas. Esto lo convierte en un aliado apetecible para cualquier potencia pragmática. En nuestra región, ese clima insalubre ha estimulado la imaginación de Nicolas Maduro, quien decidió anexarse el Esequibo guyanés. Tal vez cree que así conservará a Venezuela como territorio libre de democracia, soslayando o ignorando dos cosas: la pertenencia de Guyana a la Commonwealth y el error del dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri con su invasión de 1982 a las islas Malvinas / Falkland. El gobierno británico ya envió un buque de guerra a Guyana para recordárselo. Es el juego de la disuasión al desnudo.

Con todo, lo más significativo es que en el contexto descrito está naciendo un nuevo tipo de guerra: el de una potencia militar contra una organización terrorista hiperpotenciada. Es el caso de la guerra de Israel contra Hamas en la Franja de Gaza.

Su diseño comenzó a insinuarse tras el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas, que terminó como frustrante guerra de los Estados Unidos contra Irak y Afganistán. A este respecto, ruego se me perdone la siguiente autorreferencia: en ensayo de 2001, publicado en la revista del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile e inspirado en ese episodio, dije que ante la recurrencia conjunta de los atentados terroristas de Hamas, Hezbollah y Jihad Islámica y las duras represalias del Estado de Israel “estaba emergiendo, por aproximaciones sucesivas y ante la inadvertencia de los especialistas, un nuevo tipo de guerra”.

Paradójicamente, tras declarar este nuevo tipo de guerra el gobernante israelí Biniamin Netanyahu comenzó a legitimar lo que antes combatía: la emergencia de ese Estado palestino independiente que postulaba el binomio Itzhak Rabin / Shimon Peres, bajo formato de los Acuerdos de Oslo de 1993. Entonces ese talante inflexible le fue electoralmente rentable, pero hoy se le están dando vuelta las tornas. Los geopolíticos, los tratadistas militares y los filósofos del Derecho saben que reconocer como beligerantes a combatientes irregulares equivale a reconocerlos como representantes de una comunidad o como agentes de un Estado en formación.

Esto da una razón póstuma a Peres quien, defendiendo la política “paz por territorios” -base de los frustrados Acuerdos de Oslo-, expresó una profecía en forma de plegaria: “Dios nos guarde de cegarnos con nuestro poderío bélico”.

¡Feliz año nuevo, estimados lectores!

QOSHE - La visita de la vieja guerra - José Rodríguez Elizondo
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La visita de la vieja guerra

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01.01.2024

En el contexto global que nos rige, desear un feliz año 2024 suena entre retórico y rupturista. En parte importante porque el planeta ya no nos soporta a los humanos y lo demuestra cada día con ciclones, erupciones, socavones, tormentas, inundaciones, incendios y terremotos. Además, porque los sistemas políticos no ayudan. En casi todos se está atornillando al revés.

Esto es así porque, incluso en las versiones relativizadas de Winston Churchill y Karl Popper, la democracia occidental ya no es lo que era. Quienes la representan no tienen liderazgo y las polarizaciones en la clase política la reducen a un rito electoral entre minorías (a veces con carácter obligatorio). En América Latina esto viene sucediendo hace rato y el fenómeno ya se instaló en los Estados Unidos. Un reciente artículo del politólogo Robert Kagan, en el Washington Post, advierte que un inminente nuevo gobierno del autogolpista Donald Trump sería “un sendero desbrozado hacia la dictadura”.

No es casual que ese síndrome esté coincidiendo con la resignación ante la amenaza y/o normalización de la guerra. A esta altura, ya es evidente que la Guerra Fría sólo impidió la confrontación bélica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias hegemónicas. Pero incluso entonces, en plena vigencia del “equilibrio del terror”, Raymond........

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