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Poder simbólico y la batalla por la legitimidad del futuro

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20.10.2021

(A propósito del aniversario del 18-O)

¿Acaso podía o debía esperarse algo distinto del 18-O, al caer la noche del lunes, de todo aquello que mostró la TV en Santiago, Valparaíso, La Serena y diversos otros lugares? Barricadas, saqueos y robos; destrucción de parques y señalética pública; ataques a comisarías, farmacias y comercios; asalto al Registro Civil y sus archivos; interrupciones del tránsito, fogatas y fuegos artificiales; cierre de estaciones del Metro y diversos otros comportamientos destructivos realizados en memoria de los mismos, exactos, hechos violentos ocurridos hace dos años. Este es, ritualmente, el valor simbólico del 18-O; aquel que se invoca en términos de legitimidad presente; su carácter de acción violenta dirigida contra ‘el sistema’. De ella no surge una real contestación, una crítica racional, una demanda de cambio, una Constitución que organice nuestra convivencia. Todo esto viene de otras prácticas: protesta pacífica, deliberación y participación responsable, impugnación de abusos, construcción de acuerdos, diseño y propuesta de reformas. En suma, todo aquello que corresponde al noviembrismo y su contribución a la legitimidad democrática: la protesta por medios no-violentos, la convergencia de fuerzas políticas, el repudio de la violencia y la represión que violenta los DDHH, el Acuerdo del 15-N.

El 18-O, como cualquier evento que demarca un momento político especial o extraordinario en la vida de una nación —una comunidad imaginada, a fin de cuentas— se halla envuelto en los conflictos por el poder simbólico de la sociedad. Esto es, aquel poder que crea formas de interpretar y entender el mundo social a nuestro alrededor y lo dota de sentido, otorgándole primacía a unos significados sobre otros.

Como hemos aprendido en tiempos recientes, ese poder, típicamente soft power, está al centro de las luchas por el uso (correcto) del lenguaje, la memoria colectiva, la identidad de nuestras culturas, las disputas estéticas (por ejemplo, estampadas en grafitis y canciones), los modos de relacionarnos con las jerarquías y las visiones del futuro que tiñen con claroscuros nuestros estados de ánimo.

El estallido del 18-O entra de lleno dentro de ese campo de fuerzas. Hoy, como acaba de reflejarse en la conmemoración de esta fecha, incluidos sus ritos de violencia ya algo desgastados, ella no solo nombra un evento sino que, a la vez, se invoca como una clave para entender la sociedad chilena (los 30 años), su sistema de dominación (pueblo versus elites), la explosión de su modelo (neoliberal) de desarrollo y la liberación de las energías revolucionarias (nuevo sujeto popular) que deben fundar un nuevo orden social.

Lo anterior explica que el fin de semana pasado, más que a una batalla campal en las calles, hayamos asistido a una guerra de explicaciones, nombres, relatos, discursos, significados, lecturas, enunciados, tesis. En eso consiste, precisamente, el poder simbólico. Como dice un sociólogo en la huella de P. Bourdiue, es la capacidad de producir categorías que organizan el entorno, la habilidad de hacer un mundo, de preservarlo o cambiarlo modelando y difundiendo marcos de referencia, instrumentos para la construcción cognitiva de la realidad (L. Wacquant, 2017).

Ingresamos aquí al terreno de los oráculos contemporáneos; es decir, el espacio sagrado de la comunicación pública (impresa y electrónica), donde se reúnen los productores de ideologías y de opiniones para disputar el poder simbólico. Como nunca antes, en estos días pudo observarse en plena acción (bélico-persuasiva) al estrato intelectual de nuestra comunidad imaginada. La mayoría de aquel estrato la componen académicas y académicos con presencia mediática habitual, autores de libros y artículos, vinculados a —aunque ferozmente críticos de— la esfera política, con opiniones que cubren un espectro relativamente amplio de ideas e intereses.

Resulta interesante observar la integración disciplinaria de este grupo; dominan las voces de las ciencias sociales (sociólogos, politólogos, antropólogos, comunicólogos, sicólogos-sociales) y de las humanidades (historia, filosofía, literatura), con escasa participación, en cambio —a diferencia de lo que ocurría antes— de economistas y, menor también, de juristas, que en algún momento monopolizaron el poder intelectual de la política en el parlamento, los salones y los medios de comunicación. Es una señal de los tiempos.

Hoy día el poder simbólico reclama —más que gestión, cálculo y utilidades— una comprensión del status, las clases sociales, los conflictos de sentido y los estragos sicologicos de la dominación. Como escribió alguna vez Michael Löwi, autor de una sociología de los intelectuales, estos últimos, “por su alejamiento de la producción material y sobre todo por la naturaleza misma de su categoría social (definida por su papel ideológico) son el grupo de la sociedad para el cual las ideologías y los valores tienen la mayor importancia y el peso más decisivo”. Son, por decirlo de alguna manera reconocible, funcionarios de la legitimidad. Su intervención en las luchas por dotar de hegemonía al poder de clases y grupos, el Estado y el mercado, a los territorios e instituciones, las profesiones y comunidades, es una clásica preocupación de los grandes intelectuales-políticos como Gramsci, Karl Schmitt (tan de moda en círculos intelectuales de izquierda y derecho en Chile) y, más cerca de casa, nuestra propia falange de intelectuales públicos que en estos días llenan las páginas del poder insuflándole........

© El Líbero


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