La nueva derecha hegemónica: los dilemas del nuevo ciclo político chileno |
La elección de José Antonio Kast no inaugura un simple giro pendular, sino un nuevo momento de la espiral política chilena. A la luz del gobierno de Boric, sugiero aquí simetrías, tensiones internas y riesgos ideológicos del bloque que hoy accede al poder, en un contexto marcado por el miedo, la demanda de orden y la tentación de una “democracia protegida”.
Si con la debida perspectiva histórica uno observa la sucesión de bandas presidenciales durante la última década y media en Chile, la tentación de recurrir a la metáfora del péndulo resulta casi irresistible para analistas apresurados y opinólogos que desean evitar el espesor de la historia. Dirán que ésta oscila mecánicamente: tic, tac; izquierda, derecha; Piñera, Bachelet, Piñera, Boric y ahora Kast.
Por mi parte, quisiera sortear esa figura de física elemental que sugiere un movimiento perpetuo y predecible en el vacío. Lo que hemos vivido, y lo que se consuma ahora con la elección del Presidente electo José Antonio Kast, no son oscilaciones mecánicas de izquierda a derecha y viceversa, sino contingencias complejas en circunstancias históricas determinadas.
No estamos frente a un reloj de pared, sino atrapados en una espiral dramática que, desde hace ya un tiempo, nos arrastra desde las ilusiones gerenciales de Piñera 1 a las reformas estructurales de Bachelet 2, del colapso de expectativas con Piñera 2 al fallido ímpetu generacional de Boric y ahora, finalmente, al experimento restaurador del orden prometido por Kast.
La elección de Kast el domingo pasado lo sitúan a él y a su gobierno frente a problemas similares —a la vez que distintos y en un diferente contexto nacional y global— a aquellos que debió enfrentar Gabriel Boric tras su triunfo en aquel verano de 2021. Hay ciertas simetrías de origen que merecen ser desmenuzadas para anticipar lo que podría significar el nuevo gobierno comparándolo en el espejo retrovisor con aquel que asumió hace cuatro años.
En efecto, si miramos con detención, ambos candidatos ganaron montados sobre plataformas maximalistas. Boric lo hizo convencido de que la desigualdad estructural era el cáncer terminal de Chile; Kast lo hace ahora bajo la premisa de que el desorden y la anomia son nuestra gangrena. Ambos operaron con una idea matriz subyacente: que el país está crónicamente enfermo, “se cae a pedazos”, y requiere una urgente refundación o restauración; en un caso de su base constitucional y modelo de desarrollo; en el otro, de orden moral-cultural y sus bases de autoridad.
Ambos llegaron al poder, entonces, enarbolando grandes —e incumplibles— promesas, desatando una inflación de expectativas. Si la izquierda prometió dignidad y derechos sociales universales casi por decreto, la nueva derecha promete seguridad total y un retorno al crecimiento, promesa que desafía las leyes de gravedad de la sociedad actual. El riesgo es idéntico: crear una brecha entre las promesas de campaña y la irrealidad de su concreción posterior, momento exacto cuando nacen las crisis de legitimidad. En uno y otro caso, la falta de recursos de todo tipo —de liderazgo, directivos, de gestión política, técnicos y presupuestarios— volvían previsible el incumplimiento de la promesa resultado desde el momento mismo del triunfo electoral.
Más profunda aún es la similitud en la autopercepción de los respectivos elencos gubernativos en ese momento inaugural. Ambos se conciben a sí mismos como encabezando a unas nuevas élites políticas, dispuestas a remover y reemplazar a la élite previa de su sector que consideran agotada y carentes de proyección hacia el futuro.
Así, Boric levantó una alternativa de élite fundada sobre una nueva generación de jóvenes, reminiscente de aquella juventud creadora y adánica que proclamó el poeta Vicente Huidobro en su Balance Patriótico: “El país no tiene más confianza en los viejos, no queremos nada con ellos. […] Entre la vieja y la nueva generación, la lucha va a empeñarse sin cuartel”.
Kast, por su parte, llega rodeado del germen de una nueva élite de derechas que busca sustituir a la “derechita cobarde”, tibia y consensualista; aquella que, a ojos de republicanos y nacional-libertarios, traicionó los principios al ceder frente a la hegemonía cultural de la izquierda. La vanguardia renovada se fundaría sobre la base de un núcleo conservador cristiano y un neoliberalismo recargado, heredero de una concepción de “democracia protegida” y un énfasis absoluto en la “seguridad nacional” entendida como seguridad interior del Estado, en línea con la doctrina inaugurada durante la dictadura de Pinochet. Dicha vanguardia es continuadora, por ende, de una tradición de derecha dura, situada en las antípodas de los liberales de antaño y de las modernas ideologías liberal-democráticas.
Quizá el desafío arquitectónico más complejo que enfrentará Kast, el cual replica casi con exactitud matemática el drama de Boric, es la composición de la base de sustentación de su gobierno. Ni uno ni el otro llegan al poder con una fuerza monolítica, ni siquiera coherente.
Ambos arriban al gobierno con coaliciones integradas por fuerzas adversarias dentro de sus respectivos sectores. Recordemos la arquitectura del gobierno que se despide: Boric contó con dos anillos en su alianza de adversarios, uno más próximo a él (Frente Amplio y su aliado más próximo, el PCCh) y otro más alejado (generacional e ideológicamente) conformado por el progresismo del Socialismo Democrático (PS y PPD en lo fundamental).
Durante cuatro años asistimos al espectáculo de cómo ambos anillos lucharon por la hegemonía del sector, compitiendo por la influencia de sus ministros y subsecretarios y desgastando la autoridad presidencial en disputas de “alma” versus “responsabilidad”; ética de valores frente al ethos del deber. Hasta hoy esa dualidad se mantiene y no desaparecerá con el cambio de gobierno. Al contrario, tenderá a profundizarse con la derrota de las izquierdas, como veremos en las próximas semanas y meses.
A su turno, Kast tendrá un bloque similarmente complicado de administrar. Su estructura de poder se asemeja a un sistema planetario inestable compuesto por tres anillos.
Primero, un anillo íntimo —de republicanos y socialcristianos—, donde reside la lealtad doctrinaria y el núcleo duro del Presidente electo. Ahí el cemento moral es granítico: Dios, patria y familia. Valores del occidente cristiano versus el mundo secularizado; jerarquía de pensamiento, status y cultura contra una (pos)modernidad descarriada. Esta doctrina de vieja raigambre hispánico-reaccionaria es heredada en el caso de republicanos a través del pensamiento político de Jaime Guzmán, el Kronjurist de la dictadura chilena como lo llama Renato Cristi, su más lúcido e incisivo estudioso.
Segundo, el anillo libertario de Johannes Kaiser (situado a la diestra de Kast, si se quiere), una fuerza centrífuga que desprecia el Estado que ahora debe administrar. Este segundo anillo es el de las “batallas culturales” que Kaiser define en su programa —eruditamente y con una fuerte impronta gramsciana— de la siguiente forma:
“Utilizamos el concepto ‘Batalla’, no como una simple disputa, escaramuza, o refriega de corte intelectual, porque batalla es en rigor, una lucha o Combate A Gran Escala, que requiere de acción racional, y, sus objetivos y medios se despliegan estratégica y tácticamente en el espacio y tiempo, frecuentemente enmarcados en una guerra. En nuestro caso, lo reconocemos como Batalla porque es un conflicto de magnitud, en que, lo que está en juego, no es el natural ajuste, cambios o reformas que toda cultura o comunidad humana conlleva en sí misma, sino un cambio cultural significativo, artificialmente impuesto, una ‘ingeniería social’. En el que efectivamente se está desarrollando un combate por los aspectos esenciales de la cultura, los más relevantes. Y ‘Cultural, porque opera dentro de la propia esfera cultural. Aquí, la ‘cultura’ no es simplemente la causa final, el objetivo de la contienda, sino también, es su propio medio, se da por sus medios y dentro del dominio de la esfera ‘cultural”.
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