Amarillos
El pasado 12 de febrero la copia de una resolución del Servel, acompañada de un “oficio conductor”, comunicó a trece partidos políticos que su registro legal será eliminado el próximo 4 de marzo y que sus militantes serán a su vez borrados de los registros correspondientes. Se les informaba así, con elegancia funeraria, que desaparecían. Entre esos partidos estaba Amarillos por Chile, el partido al que me integré con ilusión y en el que milité con esperanza durante los pasados años.
Sólo un par de años bastaron para que, quienes fuimos parte de esa experiencia, recorriéramos un trayecto político completo: desde el gesto moral inicial hasta la institucionalización partidaria y luego la desaparición. Una existencia corta que encarnó de manera elocuente el pulso de una sociedad y sobre todo de un orden político que exige transformaciones. Unas transformaciones que, como todas ellas, debe comenzar por el sinceramiento de lo que hoy existe: de la exposición valiente de lo que hoy hace daño. Y Amarillos representó, en una medida que sólo el tiempo podrá ayudar a calificar, un esfuerzo volcado por completo en esa dirección.
No es abusivo decir que el origen de Amarillos se encuentra en el hastío. En el hastío y la franca repulsión que el resentimiento social, travestido de “estallido” y expresado en vandalismo y destrucción insensata, provocó en un grupo de personas que nos atrevimos a criticarlo y, más importante, a criticarlo públicamente. Ambos gestos fueron importantes, porque lo que nuestro país sufría en ese momento no era sólo el vandalismo y el ánimo de destruir todo lo bello y útil que había generado nuestro desarrollo económico y cultural -no en treinta años, sino que a lo largo de toda su historia- sino también porque ese vandalismo parecía contar con un inquietante aval........
