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Frente al pelotón de fusilamiento

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24.03.2026

A mi modo de ver, es una paradoja brutal. Así terminó la vida del tremendo artífice de la Batalla del Lago de Maracaibo, el hombre que apenas cinco años antes había sellado definitivamente la independencia de la Gran Colombia. Yo me pregunto: ¿cómo termina un héroe frente al paredón de la misma república que ayudó a forjar?

Considero que abordar esta figura nos exige despojarnos, de una vez por todas, de ese romanticismo bolivariano que nos enseñaron en el colegio. En mi opinión, su muerte no tuvo nada que ver con un acto de justicia; fue un vil asesinato político y racial orquestado desde la más alta esfera del poder.

Yo sostengo que a Padilla no le tenían pavor únicamente por su innegable poder militar, sino por lo que encarnaba en carne y hueso: la posibilidad real de una emancipación social de las castas marginadas. Es indignante cómo, a pesar de todas sus victorias, la aristocracia bogotana y cartagenera se la pasó humillándolo, tratándolo siempre como un advenedizo. De hecho, creo firmemente que su caída empezó muchísimo antes, impulsada a punta de campañas de difamación cobardes para arrebatarle su influencia en el Caribe.

Fíjense en lo que pasó la caótica noche de la famosa Conspiración Septembrina (el atentado contra Bolívar el 25 de septiembre de 1828). Lo que muchos omiten, y me parece vital recalcar, es que José Prudencio Padilla ya estaba preso en la capital. Lo habían traído desde Cartagena inventándole unos cargos infladísimos de insubordinación.

Las crónicas nos cuentan que un grupo de conjurados asaltó su prisión, asesinó a su custodio (el coronel José Bolívar) y lo invitaron a liderar el golpe. Pero la verdad histórica es que Padilla se negó a participar. Simplemente se retiró a su alojamiento, no tomó una sola arma contra el gobierno y esperó a que se restableciera el orden.

Sin embargo, seamos realistas: para Simón Bolívar y para el General Rafael Urdaneta (quien presidió esos juicios sumarios), la inocencia de Padilla era completamente irrelevante. Desde mi perspectiva, vieron en esa conspiración la excusa perfecta, caída del cielo, para eliminar a un enorme rival político y apagar de tajo el terror a la pardocracia.

Es evidente que todo fue un proceso judicial asquerosamente viciado; un tribunal de excepción movido únicamente por la venganza y el pánico. Lo condenaron a muerte sin pruebas. Y lo más doloroso, para mi indignación, es que la confirmación de la sentencia llevó la firma directa del mismísimo Libertador.

En síntesis, basta con leer con beneficio de inventario los documentos de aquellos años para darnos cuenta de que Bolívar llegaba a justificar esa represión severa argumentando que la igualdad absoluta traería el caos. Por eso sostengo con firmeza que, con la muerte de Padilla, él no salvó a la República. Lo que hizo fue instaurar una fractura que demostraría que, en nuestra nueva nación independiente, la libertad y la gloria militar lamentablemente tenían color de piel. Y para desgracia del almirante, el suyo era demasiado oscuro para que se le permitiera vivir.

Para concluir, la tragedia de José Prudencio Padilla demuestra que la construcción de la república también estuvo marcada por conflictos, prejuicios y decisiones profundamente cuestionables. Por eso muchos textos escolares todavía necesitan ser revisados y reescritos. En ese sentido, resulta más que bienvenida cualquier iniciativa que invite a mirar de nuevo nuestro pasado. Que hoy se produzca una película en homenaje al almirante fusilado no solo reivindica a un héroe olvidado, sino que también abre la puerta para que el país vuelva a discutir, con honestidad, una de las páginas más incómodas de su propia historia.


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