Colombia debe aprender a nunca más

Siempre me surge una pregunta silenciosa: ¿qué significa ser humano en medio del poder, la guerra y el castigo?

Con la modernidad llegó una explosión de ideas que transformó el mundo. El liberalismo, las revoluciones burguesas y la Ilustración sembraron las bases filosóficas del derecho moderno. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), Francia proclamó la libertad y la igualdad como principios universales, aunque la realidad los redujera a los hombres propietarios y dejara por fuera a la mujer. Y, la independencia de Estados Unidos también reivindicó la libertad, mientras mantenía la esclavitud.

Y, sin embargo, esas contradicciones no anulan su valor histórico: por primera vez, el ser humano comenzó a reclamar su dignidad no como un favor del soberano, sino como un derecho propio, inalienable.

Tras el horror de la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero comprendió que la barbarie podía tener rostro civilizado. El Holocausto fue un espejo en el que la humanidad vio su peor versión.

Por eso, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos nació como un acto de esperanza. No fue solo un documento jurídico: fue una respuesta ética, casi espiritual, al abismo moral del siglo XX. Desde entonces, la ONU, los tratados internacionales y las cortes regionales han intentado darle contenido y fuerza a ese ideal. El Derecho Internacional de los Derechos Humanos no es perfecto —y muchas veces carece de dientes frente al poder—, pero es, sin duda, la mayor construcción jurídica del consenso moral humano.

Hoy los retos son distintos, pero igual de profundos. Las guerras, que creíamos desterradas del corazón de Europa o de América, vuelven con nuevas máscaras: drones, desinformación, invasiones justificadas por el miedo.

El cambio climático amenaza no solo territorios, sino la propia noción de justicia intergeneracional: ¿cómo hablar de derechos humanos si condenamos a los que aún no nacen? Y, la migración —esa diáspora planetaria de los olvidados— nos obliga a reconocer que la frontera más cruel no es la geográfica, sino la moral.

En este siglo, defender los Derechos Humanos es resistirse a la indiferencia. Es recordar que el dolor del otro no necesita pasaporte. Cómo colombiano, me duele y me enorgullece hablar de Derechos Humanos. Duele, porque nuestro país ha sido escenario de violaciones atroces reconocidas por la ONU y el Sistema Interamericano de Derechos Humanos; pero también enorgullece, porque hemos sido capaces de llevar esas heridas ante la justicia internacional.

Pienso en casos como el de Mapiripán vs. Colombia (2005) o las Masacres de Ituango ante la Corte Interamericana, donde el Estado fue condenado. O en el informe de la Comisión de la Verdad (2022), que nos recuerda que los Derechos Humanos son la voz de quienes perdieron todo. En esas sentencias y en esas memorias, Colombia ha aprendido que los Derechos Humanos no son una bandera ideológica: son la línea que separa la civilización del horror.

Hablar de Derechos Humanos es hablar de nosotros mismos. De nuestras luces y de nuestras sombras. Creo que el Derecho no puede conformarse con regular la convivencia: debe aspirar a humanizarla. Porque, al final, los Derechos Humanos no son una invención del siglo XX ni un lujo de las democracias: son la forma más alta en que la humanidad ha aprendido a decir “nunca más”. Entonces, me conmueve pensar que el Derecho dejó de ser solo un instrumento de dominación y empezó a ser una promesa: la de limitar el poder en nombre del individuo.


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