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¿Qué te tiene amarrado?

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17.03.2026

Un maestro samurái paseaba por un bosque acompañado de su fiel discípulo. A lo lejos divisó un paraje de apariencia humilde y decidió acercarse. Mientras caminaban, le hablaba al joven sobre la importancia de visitar nuevos lugares, conocer personas y aprovechar las oportunidades de aprendizaje que surgen de cada experiencia.

Al llegar, la escena era desoladora: una pareja y tres hijos vivían en extrema pobreza. Vestían ropas sucias y rasgadas, no llevaban calzado, y su vivienda era poco más que un cobertizo de madera.

El maestro se aproximó al hombre aparentemente el padre de familia con una incógnita:

—¿Aquí donde no hay trabajo ni comercio cómo hacen para sobrevivir?

A lo que respondió con serenidad:

—Amigo mío, tenemos una vaca. Cada día nos da varios litros de leche. Una parte la vendemos o la cambiamos por alimentos en la ciudad vecina; con el resto hacemos queso, cuajada y otros productos para nuestro consumo. Así vamos sobreviviendo.

El sabio agradeció la respuesta, observó los alrededores por un momento, se despidió y continuó el camino.

Sin embargo, a mitad de la marcha, se detuvo, miró al discípulo y le ordenó:

—Búscala. Llévala al precipicio que hay allá enfrente y empújala por el barranco.

El joven quedó paralizado.

—¡Maestro! —dijo—. Ese es el único medio de subsistencia que tienen.

Pero, el guerrero no respondió. Guardó silencio. Y el discípulo, con el corazón encogido, obedeció. La llevó hasta el borde del abismo y la empujó. La vio caer y morir. Esa imagen lo persiguió durante años.

Un día, consumido por la culpa, cuando su líder ya no estaba en este mundo, decidió regresar al lugar. Quería confesar lo ocurrido, pedir perdón y ayudarlos como fuera posible.

Cuando se acercó, algo lo desconcertó: donde antes había miseria, ahora había belleza. Vio árboles floridos, una casa amplia y cuidada, un coche en la puerta y niños jugando en el jardín.

El joven sintió un nudo en el pecho. Pensó que habrían perdido el terreno y que otros estaban allí. Aceleró el paso y fue recibido por una persona amable. Entonces interrogó:

—Disculpe… ¿los habitantes de aquí hace unos años siguen viviendo en este sector?

—Sí —respondió—. Seguimos siendo nosotros.

El discípulo, atónito, entró en la casa y comprobó que era la misma familia.

Sin poder contenerse, elogió el sitio y preguntó:

—¿Cómo lograron mejorar tanto y cambiar de vida?

El hombre sonrió y contestó con entusiasmo:

—Nosotros teníamos una vaca… pero un día cayó por el abismo y murió. Desde entonces nos vimos obligados a hacer otras cosas, a trabajar de otra manera, a desarrollar habilidades que ni siquiera sabíamos que teníamos. Y así alcanzamos lo que hoy ves.

Intuyo que la vaca representa todo aquello que nos mantiene atados a una vida que no nos gusta, pero que sostenemos por costumbre o por miedo. Puede ser un lugar, una idea, una etapa, una relación, un matrimonio, un hogar, un trabajo, una dependencia, una creencia y hasta una familia.

A veces esa vaca nos da lo justo para sobrevivir… pero también nos impide crecer. Eso es la llamada zona de confort: un espacio conocido, incluso incómodo, del que queremos salir, pero donde el miedo —o la comodidad— termina gobernando.

Por eso, hoy te invito a que te preguntes con honestidad:

¿Cuál es esa vaca que hoy me impide alcanzar mi verdadero potencial?

¿Qué es aquello que me mantiene atado a una vida que ya no me llena?

Y más aún... ¿qué pasaría si hoy mismo decido soltarla?

A veces, el vacío que deja lo que perdemos es el único espacio donde puede crecer algo nuevo.

 


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