De pie, junto a su “carrito” estacionado en el lugar de costumbre, ataviado con su bata blanca con grandes bolsillos a nivel de la cintura y empuñando un pesado cucharón metálico que sumergía con destreza en las profundas ollas resguardadas por las tapas metálicas que funcionaban a la vez como estación de trabajo y barra de servicio, se encuentra el chichero de nuestros recuerdos, el que nos esperaba a la salida del colegio, el que se paraba en la esquina de la plaza del pueblo o el que reclamaba alguna esquina de nuestras barriadas como su punto exclusivo para vender su producto. De esos chicheros quedan ya muy pocos. El carrito callejero dio paso a los modernos y llamativos stands en los centros comerciales o a los bien acondicionados locales en los que la chicha no es la protagonista sino que compite con otras exquisiteces.

Por muchos años, no se sabe a ciencia cierta desde cuándo, los chicheros reinaron en las más populosas ciudades venezolanas, ofreciendo su refrescante y a la vez nutritivo producto en decorados vasos de cartón o plástico, o en los recipientes vacíos de la leche pasteurizada cuando un entusiasta cliente pedía “un litro para llevar”. Su impasible presencia sólo era alterada por el ruido de los carros que circulaban en las inmediaciones o por las voces de los clientes que se agolpaban a su alrededor en procura de un rebosante vaso. No requerían de mayor esfuerzo para atraer a su clientela, por lo que son pocos los pregones que se asocian con los chicheros. Tampoco abundan canciones dedicadas a quienes ejercieron este maravilloso oficio en su época de mayor auge pero las que acompañan a este texto están cargadas de muchos recuerdos y nostalgia.

Rafael Salazar, compositor y musicólogo, dedicó buena parte de su obra a dejar testimonio del trabajo de muchas personas vinculadas de una u otra manera a la actividad gastronómica. En el caso que nos ocupa, un merengue titulado El Chichero se inicia con uno de esos raros pregones atribuidos a estos vendedores ambulantes:

Con su carga de dulzura pregonando va el chichero

“Tú quieres chicha, sí hay ¡Chichero, chichero!”

Salazar enfatiza en el texto de la canción que se trata de la tradicional chicha caraqueña, heredada de “los abuelos”, elaborada con crema de arroz, leche, azúcar vainilla y servida con abundante hielo. Entre las variantes que ofrecían, especialmente los chicheros caraqueños, era la combinación de la blanquecina chicha de arroz con una especie de carato de ajonjolí tostado con papelón, la cual era solicitada bajo el nombre de “ligadita”.

Leche con crema de arroz, azúcar, vainilla, hielo.

Es la chicha caraqueña que dejaron los abuelos

Démela ligadita con poquito ajonjolí.

La mía que sea sin hielo que es como me gusta a mí.

Son muchos los chicheros que han dejado huella en la historia de las grandes ciudades del país. En Caracas se reconocen y recuerdan como auténticos referentes del oficio a muchos personajes que se quedaron plasmados en la memoria del colectivo y otros que ya forman parte del paisaje urbano, como es el caso del chichero de la UCV, cuyo puesto ha estado anclado por más de setenta años a los pies de la torre del reloj diseñado por el mismísimo Carlos Raúl Villanueva. En un trabajo titulado De chichas y chicheros publicado en 2005, Héctor Márquez recuerda a emblemáticos chicheros caraqueños como José de Jesús Ramírez, en la esquina de Punceres; Tomas Rodrigo Sulbarán Díaz, en Santa Rosalía; Nerio Rivera en La Yaguara; el conocido como “Ya me voy” de las adyacencias del Panteón Nacional; Víctor Sáenz en La Silsa; el que se paraba frente a la General Electric de Sabana Grande; La Jirafa, en la salida sur del Pasaje Zingg; Marcos Jaspe (padre) y Marcos Jaspe (tío) cerca de la funeraria Vallés; Agustín Colina en la esquina de Doctor Paúl y Benito Mata, a quien la agrupación Son Marín, le dedicara un son montuno titulado Benito el chichero.

¡Chichero! dice siempre su pregón. Lo que te traigo es sabor.

Marchantica venga usted a comprar mi rica chicha.

El producto que te traigo es selecto de verdad.

La de arroz y ajonjolí, pa’ que pruebe calidad

También traigo la andinita que ya se me está acabando

y si quieres ligadita ahoritica te la despacho.

Lo que traigo es calidad si te quieres refrescar

Rica chicha pa’ tomar, cómprame casera ya

Tómate una chicha corazón, mira que la hice con amor.

A mi marchantica yo le vendo todo el sabor de mi rica chicha

El chichero Benito Mata, oriundo de barlovento, era también músico y al parecer alternaba su carrito de chicha entre los mercados de El Cementerio y Guaicaipuro. Relata Márquez que “era un excelente instructor y ejecutante del tres, instrumento musical que le mitigaba el cansancio después de la diaria faena”, lo que seguramente lo vinculaba con la agrupación musical que interpreta el tema.

Por su parte la agrupación marabina La Combinación 77, grabó en 1983 el tema El Chichero cuya autoría está acreditada a Rafael Bolívar y Ernesto Pulgar.

¡Traigo la chicha, traigo la horchata!

Así se expresa el chichero entonando su pregón,

siempre lleno de emoción sale por las mañanitas

con su chicha fresquecita siguiendo la tradición

cuando se llena la lata con su dulce ajonjolí.

Para el calor que hace aquí lo mejor es una horchata.

Al ritmo de salsa, el tema hace mención de la horchata, bebida refrescante de origen español que “se elabora con chufas u otros frutos, machacados, exprimidos y mezclados con agua y azúcar” según reza el diccionario de la de la Real Academia Española. En nuestro continente asume variantes preparadas con almendras, ajonjolí, arroz, cebada y hasta con semillas de merey, aromatizadas con especias dulces como la vainilla, canela y clavos, y endulzadas con azúcar, papelón o miel. La canción seguramente se refiere a la horchata de ajonjolí tostado, muy popular en Maracaibo, en donde aún se puede comprar a vendedores ambulantes.

La industrialización en la elaboración y envasado de la chicha de arroz así como los procesos de distribución y mercadeo dio paso a reconocidas marcas y franquicias que aún hoy existen a nivel nacional e internacional. Muchos han sido los intentos de emular el sabor y la textura característicos de nuestra chicha artesanal pero en el recuerdo de varias generaciones quedó anclada la Chicha A1, una bebida embotellada que se promocionaba como “igualita a la chicha de carrito” y en cierta medida tenía razón.

El recordado maestro Billo Frómeta también le dedicó un tema a El Chichero. En esta oportunidad el poeta enamorado de Caracas no le puso letra a esta rítmica guaracha que sin embargo expresa la sensación de alegría y satisfacción que produce tomar con calma, a la velocidad que permite el delgado pitillo, el viscoso y helado líquido en medio de la vertiginoso contexto del centro capitalino de principio de los años 40`s.

Larga vida a nuestros chicheros.

Miguel Peña Samuel

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#OPINIÓN Un ligadito musical para el chichero #3Sep

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03.09.2022

De pie, junto a su “carrito” estacionado en el lugar de costumbre, ataviado con su bata blanca con grandes bolsillos a nivel de la cintura y empuñando un pesado cucharón metálico que sumergía con destreza en las profundas ollas resguardadas por las tapas metálicas que funcionaban a la vez como estación de trabajo y barra de servicio, se encuentra el chichero de nuestros recuerdos, el que nos esperaba a la salida del colegio, el que se paraba en la esquina de la plaza del pueblo o el que reclamaba alguna esquina de nuestras barriadas como su punto exclusivo para vender su producto. De esos chicheros quedan ya muy pocos. El carrito callejero dio paso a los modernos y llamativos stands en los centros comerciales o a los bien acondicionados locales en los que la chicha no es la protagonista sino que compite con otras exquisiteces.

Por muchos años, no se sabe a ciencia cierta desde cuándo, los chicheros reinaron en las más populosas ciudades venezolanas, ofreciendo su refrescante y a la vez nutritivo producto en decorados vasos de cartón o plástico, o en los recipientes vacíos de la leche pasteurizada cuando un entusiasta cliente pedía “un litro para llevar”. Su impasible presencia sólo era alterada por el ruido de los carros que circulaban en las inmediaciones o por las voces de los clientes que se agolpaban a su alrededor en procura de un rebosante vaso. No requerían de mayor esfuerzo para atraer a su clientela, por lo que son pocos los pregones que se asocian con los chicheros. Tampoco abundan canciones dedicadas a quienes ejercieron este maravilloso oficio en su época de mayor auge pero las que acompañan a este texto están cargadas de muchos recuerdos y nostalgia.

Rafael Salazar, compositor y musicólogo, dedicó buena parte de su obra a dejar testimonio del trabajo de muchas personas vinculadas de una u otra manera a la actividad gastronómica. En el caso que nos ocupa, un merengue titulado El Chichero se inicia con........

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