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#OPINIÓN Carora en la década de 1960 #21Sep

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21.09.2020

A la memoria del profesor Emerson Corobo Rojas.

Cuando llegué a Carora en 1960 procedente de los Andes larenses, pensé haber llegado a otro país, a otra cultura distinta a la nuestra. Sucedió que oí a mis ocho años de edad una extraña conversación que mantenían unas abuelas que decía más o menos así: “En casa de Chelencho, Chus, Changue y Chía venden chicharrones, chicha y chinchurrias.” Creo que esa heteróclita expresión es única en su género en el mundo, no creo que se repita en otro lugar del planeta tan insólita y sorprendente conversación. Comencé a darme cuenta entonces de la tremenda y formidable originalidad de aquella ciudad enclavada en el semiárido del occidente de Venezuela, singularidad que después de 60 años de vivir acá aún me asombra y fascina. En la geografía simbólica de Venezuela es Carora una tierra de la risa y la penitencia, del intelecto y la pereza, el estío y la inundación, la cordura y el delirio, la virgen morena y el demonio.

Había llegado en mi niñez a la “Ciudad levítica de Venezuela”, asiento y residencia de maravillosas historias y leyendas como la del diablo de Carora, la visión de don Cristóbal de la Barreda de la Virgen de Chiquinquirá de Aregue, la Maldición del fraile Aguinagalde. La clase dominante de la urbe son los famosos godos de Carora, una como casta heredera de una larga tradición que hunde sus linajudas raíces en la Colonia. Se les llama patricios caroreños, blancos de la plaza o caracolorás, minoritario grupo social que practica una endogamia biológica y espiritual, celosa cerrazón que hasta tiene su codicilo escrito en dos gruesos tomos escritos por Ambrosio Perera: Historial genealógico de familias caroreñas.

Aquí conocí el reverberante calor y los enjambres de zancudos como los de Macondo. Un día mi padre, Expedito Cortés, se aparece en casa con unos desconocidos envoltorios alargados que semejaban a capullos de orugas de mariposas gigantescos. Eran los mosquiteros para mantener a raya los temibles insectos que nos acababan de dar una bienvenida con sus picaduras que nos parecían entonces infinitas. Aparejado a ello conocí a unos objetos olorosos que eran como unos guardianes de nuestros sureños: los espirales Plagatox. En mi aldea natal, Cubiro, no se conocían tales dispositivos, pues ni zancudos había.

En esos recoletos años la ciudad no contaba con universidad alguna, apenas tenía un instituto de secundaria: el Liceo Egidio Montesinos, instituto que nace por iniciativa particular de los godos de Carora en 1890 con marcado sentido aristocrático: el Colegio La Esperanza. Los muchachos de la godarria y los del popular barrio Torrellas o del sector Trasandino, compartíamos allí pupitres, lecciones de latín, francés, mineralogía, moral y cívica y bandejas del comedor. El Colegio Cristo Rey de los padres escolapios apenas llegaba hasta segundo año. Igual el de las monjas dominicas que fundara don Teodoro Herrera.

Quien escribe cursaba segundo año en 1965 y traía una materia de “arrastre” de primer año: la temible matemática que dictaba un profesor español del exilio, Ismael García, conocido cariñosamente como Yeyo. En febrero -mes de espanto- botaban al estudiante que le quedaran la mitad más una materia o asignatura. Era un insulto grave que le gritaran uno: ¡febrero! Las más bellas compañeras de estudios de bachillerato eran Mirla Coronado, Gisela Arias, Yolandita Ramírez. Ninguna tuvo ojos para mí.

En el Ministerio de Educación laboraban en aquel tiempo ya lejano 185 personas, entre docentes, secretarias y bedeles o aseadores. Había apenas un único supervisor para todo el extenso Distrito Torres: el profesor falconiano Pedro Rafael Quiñones. En el difunto INOS (Instituto Nacional de Obras Sanitarias) se ganaban el pan 36 obreros y oficinistas, en el Ministerio de Sanidad 24, allí brillaban tres médicos........

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