Shots fired

Donald Trump no divide; fractura. No polariza; desordena emocionalmente el espacio público. El hecho es que en esa “reorganización” -donde la política deja de ser deliberación para convertirse en una cuestión identitaria- hay una consecuencia social que ya no admite eufemismos: la violencia deja de ser desviación y empieza a encajar como previsible desenlace.

A qué voy: los disparos de este pasado fin de semana no irrumpen en la normalidad democrática estadounidense. Ya empiezan a formar parte cotidiana de ella.

Durante años, el sistema político norteamericano encontró refugio en una explicación cómoda: el “loco solitario”. Una figura útil para aislar el problema y evitar preguntas incómodas subsecuentes. Pero ese recurso empieza a colapsar. Ya no es suficiente. El perfil del atacante -integrado y funcional socialmente hablando, sin historial violento- rompe la narrativa del “outlier” descompuesto. Lo que aparece es otra cosa: la normalidad tensionada.

Este es un punto de quiebre que no debe pasarse por alto.

Veamos: cuando la radicalización se socializa, cuando deja de ser excepción y se infiltra en la vida cotidiana, el problema abandona el terreno de la seguridad y entra al de un componente más del régimen. No es un fallo operativo; es una deformación estructural.

Estados Unidos lleva años........

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