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Putin, el gran ganón de Trump

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Nada es lo que parece. O sí… Pero en todo el merequetengue que ha montado Donald Trump a nivel global, hay un gran ganador —y no, no me refiero solo a su entorno familiar (que también; se dice que ese clan ha comprado medio Moscú). Se trata de Vladimir Putin.

La fascinación de Trump por Putin rara vez pasa desapercibida. Pero ahora, con la escalada en Irán, esa relación deja de ser anécdota para convertirse en ventaja estratégica. El gran beneficiado no es Washington. Es Rusia.

Y esto no empezó ayer. Desde el año pasado, tras el regreso de Trump al poder, el apoyo militar a Ucrania dejó de ser prioridad para Estados Unidos. La carga pasó, en buena medida, a la Unión Europea. Sí, la industria armamentística estadounidense sigue ganando —el negocio nunca se detiene—, pero ya no es el erario estadounidense el que asume el costo directo (distinto, por cierto, a lo que sí ocurre con el nuevo frente en Irán).

Por si fuera poco, el propio secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció que no habrá más apoyo a Ucrania. Traducido: Kiev queda expuesto, mientras el Kremlin gana aire.

Y entonces vino el petróleo… El cierre del estrecho de Ormuz desató una crisis logística global. ¿La respuesta de Trump? Levantar restricciones sobre el petróleo ruso. Resultado: Rusia vuelve a venderle a Europa y a inyectarse recursos frescos. Dinero que no solo sostiene al régimen de Putin, sino que alimenta directamente su maquinaria de guerra en Ucrania.

Pero el cinismo no termina ahí. Mientras Trump facilita ingresos millonarios a Rusia, el régimen de Putin juega en el otro frente: apoyando a Irán. Reportes apuntan a colaboración en inteligencia, incluyendo el uso de drones para ubicar posiciones estadounidenses. En otras palabras: Washington financia indirectamente a Moscú, mientras Moscú contribuye a golpear intereses estadounidenses. Geopolítica en modo esquizofrénico.

Por eso hay ruido en Estados Unidos. Las grietas ya son visibles incluso dentro del Partido Republicano. El congresista Don Bacon lo dijo sin rodeos: puede acompañar a Trump en Irán o en su postura frente a Venezuela, pero no en su trato a Europa, ni en su desprecio hacia Volodymyr Zelensky, ni en su relación con Rusia. Advierte —con razón— daños difíciles de revertir para Estados Unidos.

Y los números tampoco ayudan a Trump. La relajación de sanciones ha permitido a Rusia ingresos extraordinarios por petróleo en cuestión de semanas. Si la tendencia continúa, el déficit proyectado del Kremlin podría diluirse en meses. Y si la infraestructura energética iraní queda comprometida, el premio mayor será para Moscú: más mercado, más precios altos, más poder.

Y algo más: Trump envió una delegación a Bielorrusia, satélite fiel del Kremlin. El gesto no solo es cuestionable; roza la humillación estratégica. Las sanciones contra el régimen de Alexander Lukashenko —impuestas por represión y violaciones graves— han sido relajadas. ¿El efecto? Acceso a tecnología occidental que, previsiblemente, terminará alimentando el aparato militar ruso.

La escena es casi caricaturesca: aliados históricos de Estados Unidos, particularmente en la OTAN, marcan distancia frente a la aventura iraní de Trump. Por primera vez en mucho tiempo, el “no” es colectivo. Y Trump, fiel a su estilo, responde con berrinche, no con estrategia.

Sembró desconfianza —Groenlandia, aranceles, desplantes, burlas— y hoy cosecha aislamiento. Pero, más grave aún, está sembrando un reacomodo global donde Rusia gana margen, recursos y legitimidad indirecta.

Mientras tanto, los precios del petróleo suben, la incertidumbre económica crece y el fantasma de una recesión global vuelve a asomarse. A Trump poco parece importarle: sus negocios siguen. A Putin tampoco: él ya ganó.

Porque si algo deja claro esta coyuntura es que, en la era Trump, el mayor beneficiario de Estados Unidos no siempre está dentro de Estados Unidos. Mientras uno presume fuerza, el otro acumula poder, dinero y margen de maniobra sin disparar un solo tiro directo contra Washington.

El resultado es brutal en su simpleza: Estados Unidos paga el costo, sus aliados cargan la incertidumbre… y Rusia cobra. Y ahí está el punto de quiebre: el mayor riesgo para Estados Unidos ya no siempre está en sus adversarios declarados, sino en las decisiones de quien se sienta en la Oficina Oval.

Y ahí, hoy por hoy, Putin no necesita vencer a Estados Unidos. Le basta con que Trump lo siga “ayudando”.

Uno. En los pasillos europeos ya no se discute si Estados Unidos es confiable, sino cuánto tiempo más pueden depender de él. La “autonomía estratégica” dejó de ser aspiración: ya es plan de contingencia.

Dos. En Washington, el malestar republicano con Trump empieza a mutar de incomodidad privada a crítica pública. No por Ucrania ni por Europa: por costo político interno. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser ideológico y se vuelve electoral.

Tres. Moscú no improvisa: administra tiempos. Sabe que no necesita escalar; le basta con dejar que Occidente se fracture solo. Y hoy, con Trump en escena, esa fractura ya no es hipótesis. Es proceso.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM 


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