El exterminio silencioso |
Casi 700 mil personas han tenido que abandonar sus hogares en el sur de Líbano en los últimos meses. No es una cifra menor: equivale a cerca del 10% de la población total del país.
Y, sin embargo, es una tragedia que ocurre casi fuera del radar mundial.
No hay guerra controlada. Hay, en todo caso, responsables políticos que piden aplausos mientras poblaciones enteras desaparecen de sus territorios.
Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, dirige una estrategia militar que ya no se limita a confrontar a Irán ni a los grupos armados que operan en la región. También golpea con fuerza el sur de Líbano, donde cientos de miles de personas han tenido que abandonar sus hogares bajo un cielo convertido en fuego por los bombardeos.
De acuerdo con estimaciones de agencias humanitarias y autoridades libanesas, los ataques en la frontera israelí-libanesa han provocado una de las mayores crisis de desplazamiento en el país desde la guerra civil que devastó Líbano entre 1975 y 1990.
Para esas familias desplazadas, que el precio del petróleo suba o que en Moscú alguien sonría importa poco. Mientras el mundo observa la guerra que enfrenta a Israel con Irán, la guerra que ellos padecen se expande en un silencio internacional casi absoluto.
El de Líbano es el exterminio silencioso.
El que no se ejecuta únicamente con balas o misiles, sino con desplazamientos masivos.
Las guerras contemporáneas han perfeccionado esa lógica. No siempre es necesario matar primero. Muchas veces basta con expulsar. Vaciar territorios. Romper comunidades. Forzar diásporas.
Eso ocurre hoy en el sur de Líbano.
Los ataques israelíes contra posiciones de Hezbollah se intensifican. Israel ha bombardeado decenas de localidades fronterizas con el objetivo declarado de alejar al grupo armado de su frontera norte. Hezbollah responde con cohetes, drones y misiles contra territorio israelí.
En medio de ese intercambio de fuego, las poblaciones civiles quedan atrapadas entre ataques que no controlan.
El resultado es devastador: pueblos enteros vaciados, escuelas cerradas, hospitales funcionando al límite y una economía local que colapsa. En varias zonas del sur libanés más de la mitad de la población ha tenido que desplazarse hacia Beirut o hacia el norte del país.
La tierra queda entonces como testigo mudo de otro tipo de exterminio: el que ocurre cuando una población pierde su territorio.
¿A dónde irán los cientos de miles de libaneses que hoy abandonan sus casas?
Porque en el caos de la guerra también operan organizaciones terroristas como Hamas, que aprovechan los vacíos de poder y la fragilidad institucional para expandir su presencia y perseguir a quienes no comparten su credo.
El resultado es siempre el mismo: territorios vaciados y poblaciones dispersas.
La idea no es nueva. De hecho recuerda la propuesta inicial de Donald Trump de “vaciar Gaza” para transformarla en un proyecto turístico internacional. Una ocurrencia geopolítica que partía de un supuesto inquietante: que el desplazamiento masivo de una población podía convertirse en una solución política.
Pero Gaza nunca fue una guerra resuelta. Fue una guerra congelada.
Y ahora esa guerra se desborda.
El frente libanés es una de sus extensiones más peligrosas.
Cada bombardeo acerca un poco más el riesgo de una guerra total entre Israel y Hezbollah. El grupo libanés posee un arsenal estimado de más de 150 mil cohetes y misiles, muchos de ellos capaces de alcanzar ciudades importantes dentro de Israel.
Ese poder de fuego convierte a Hezbollah en el actor armado no estatal más fuerte de Medio Oriente.
Sin embargo, la atención internacional sigue concentrada en Irán, relegando el conflicto libanés a un plano marginal.
Nadie en su sano juicio puede justificar a organizaciones terroristas como Hezbollah o Hamas. Pero tampoco se puede ignorar que, entre los cálculos militares de unos y otros, las víctimas civiles siguen sufriendo una guerra que no deja de expandirse.
Las consecuencias tampoco se limitan al campo de batalla.
Las guerras de Estados Unidos e Israel en Medio Oriente tienen un efecto automático en los mercados energéticos. El temor a una escalada regional ha disparado el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril.
Los mercados reaccionan al riesgo de que el conflicto involucre directamente a Irán -uno de los mayores productores de petróleo del mundo- o afecte el flujo energético que pasa por el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo que se consume diariamente en el planeta.
En otras palabras: cada misil también es una señal para el mercado petrolero.
El gran ganador de estas guerras está lejos de Medio Oriente.
Mientras la región arde, Moscú respira.
El aumento del precio del petróleo fortalece financieramente al gobierno de Vladimir Putin. Rusia depende en gran medida de sus exportaciones de hidrocarburos para sostener su presupuesto: casi un tercio de los ingresos del Estado ruso provienen del petróleo y el gas.
Cada aumento en el precio del crudo se traduce en miles de millones de dólares adicionales para el Kremlin.
Con petróleo caro, Moscú obtiene el oxígeno financiero necesario para continuar financiando su guerra en Ucrania, un conflicto que ya supera los dos años y cuyo costo militar y económico sigue creciendo.
El sur de Líbano se vacía. Las comunidades se dispersan. Las casas quedan atrás.
Pero el petróleo sube.
Y en el Kremlin, Vladimir Putin encuentra el oxígeno financiero que necesita para seguir peleando su propia guerra en Ucrania.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM