Sin frenos |
Recientemente, nuestro país vivió una tragedia en la zona arqueológica de Teotihuacán que le ha dado la vuelta al mundo. Como ya se sabe, un hombre joven realizó múltiples disparos contra un grupo de turistas que visitaban el sitio. El saldo: una persona muerta, 13 más lesionadas y el agresor, quien se quitó la vida. Este tiroteo se llevó a cabo en el aniversario 27 del tiroteo de Columbine en USA. ¿Casualidad?
Este tipo de ataques se han dado en diversas partes del mundo, son difíciles de prever y tienen algunos puntos en común. Por lo general, los individuos que los cometen son mortalmente antisociales y carecen de mecanismos de control de impulsos. Se trata de una explosión de violencia.
La no-violencia es sin duda lo mejor de lo humano, es la actuación suprema de la corteza sobre el cerebro reptiliano: inhibir, sujetar, limitar. Hombres y mujeres podemos ser capaces de ello, pero ¿qué nos está pasando? ¿Por qué no todos y por qué no siempre podemos inhibir nuestra violencia?
En términos legales, la violencia designa las acciones contra las personas, incluidos el homicidio, el asalto, el acoso o la violación. Esta definición, desde luego, ha variado en el tiempo y en las diferentes culturas. Pero la constante, de acuerdo con la definición de la personalidad psicopática antisocial del DSM V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (en inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría), establece que este trastorno, que cursa con violencia, se caracteriza por despreciar y violar los derechos de los demás y comienza en la infancia o en la adolescencia y continúa hasta la adultez.
No sugerimos que todos los jóvenes o adultos asesinos tengan necesariamente un trastorno antisocial, pero la revisión de estos trastornos es importante para dimensionar el grave problema que nos ocupa. No se trata de “locos” asesinos, son personas que están ubicados en tiempo, lugar y situación. Tampoco están desconectados de la realidad, se trata de mecanismos impulsivos mucho más difíciles de diagnosticar por su complejidad.
De acuerdo con esta clasificación, las personas que sufren estas alteraciones pueden mostrar conductas delictivas causales de arresto, tales como destruir la propiedad ajena, atacar, robar, torturar animales o tener, incluso, ocupaciones ilegales. Las personas con este desorden pasan por alto los derechos de los demás, nos dice esta definición. Toman decisiones impulsivamente, sin reflexión y sin consideración alguna por las consecuencias de sus actos sobre los demás.
Pero de ahí a afirmar que la violencia en situaciones como la que hoy nos ocupa proviene de personas desquiciadas, que “escuchan voces” o que estos crímenes pertenecen a una categoría psicopatológica determinada, no vale para todos los casos. Solo la investigación de caso por caso y el peritaje de los expertos permite perfilar a una persona capaz de cometer estos delitos. Son humanos, poderosos o comunes, que aún no sabemos por qué se quedaron sin frenos. Cuidado.