La historia incomprendida
Hace algunos años leí esta noticia:
“El estadounidense James Watson, uno de los descubridores de la estructura de doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico), obtuvo su propio mapa genético. Ha sido el primer caso conocido de un humano que dispone de información completa sobre su predisposición a desarrollar determinadas enfermedades.
“Watson, de 79 años, recibió un disco duro que contiene la información de su genoma —que es el conjunto de los genes de un individuo o de una especie, contenido en un único juego de cromosomas— durante una ceremonia celebrada en la ciudad estadounidense de Houston…”
Ignoro si tal información le sirvió al eminente científico Watson para comprenderse a sí mismo, saber algo más sobre su inteligencia o su fortaleza espiritual. Quizá la recomendación del autoconocimiento encuentre en la ya dicha herramienta genética una clave para la futura comprensión de tantos misterios. Uno de ellos, la imposibilidad genética de los mexicanos, los iberoamericanos y de paso los españoles para aceptar el pasado.
La polémica hispano-mexicana sobre la conquista, sus atrocidades, sus excesos esclavistas, su inquisición y los horrores ya sabidos, es francamente ridícula, además de innecesaria. Ninguno de los dos entiende nada.
Para España la conquista, y el imperio sin lugares para ver caer el sol es lo único dorado de su existencia. España es un país de sal: siempre está mirando para atrás. El resto es una pachanga de toreros y panderetas. Al menos eso dicen los antihispanistas.
Para algunos mexicanos las cosas son tan esquizoides o más: o piensan en la madre patria o se sienten —algunos se saben— hijos de la chingada, sin incluir rancho alguno en el estado de Chiapas.
En ese juego de inutilidad nos hemos pasado siglos, lo cual sería comprensible en otro tiempo cuando este país ni siquiera estaba formado como ahora. Hoy ya ni somos del todo latinoamericanos porque vivimos sometidos a la atracción del norte (con peores contradicciones y menor comprensión, pero en fin), sin embargo, nos desvela, al menos como gobierno, la soberbia hispánica de no pedirnos perdón.
¿A quiénes? ¿A los muertos de hace medio milenio? Nadie lo explica con claridad porque es un asunto fanático y nagual. No tiene sentido moralizar el pasado. La moral es una conducta, no una máquina del tiempo.
Pero si el rey de España habla de los abusos en una exposición arqueológica madrileña, ya nos sentimos un poquito considerados en la añeja petición de las disculpas, y hasta lo invitamos a ver el futbol, aunque la supuesta anfitriona no vaya a la inauguración según su vehemente negativa, quizá recordada un día después para decir: yo no fui, fue Gabriela Cuevas.
¡Qué oso! El oso y el madroño…
