De la fama al poder |
Hubo un tiempo en México en el que una actriz podía convertirse en política sin que aquello pareciera un chiste. Silvia Pinal, Irma Serrano, María Rojo o Ignacio López Tarso llegaron a la política desde el mundo del espectáculo, pero pertenecían a una época en la que la fama era fama y la política era política. Algunas lo hicieron por convicción, otras construyeron verdaderas carreras dentro del servicio público. No necesitaban una candidatura para mantenerse vigentes ni un partido necesitaba reclutarlas simplemente porque eran famosas.
En los últimos años hemos visto desfilar por las boletas a actores, cantantes, conductores, comediantes, personajes de reality shows e influencers. Alfredo Adame, Carlos Villagrán “Kiko”, Paquita la del Barrio, Sergio Mayer y una lista cada vez más larga de celebridades han buscado o alcanzado cargos públicos.
Y el problema no es que sean famosos. El problema es que hemos permitido que la fama se convierta en sustituto de la preparación: ser conocido no significa saber gobernar, tener seguidores no equivale a conocer administración pública, haber pasado décadas frente a una cámara no prepara a nadie para legislar, administrar un presupuesto, diseñar políticas públicas o enfrentar una crisis de seguridad. Gobernar no es actuar, no es improvisar, no es ganar un casting. Aquí los partidos tienen una enorme responsabilidad. Descubrieron que una celebridad ya tiene algo que a ellos les cuesta construir: reconocimiento. Tiene exposición, seguidores y una historia que puede convertirse en votos. Eso ya es denigrante.
Ganar una elección y saber gobernar son dos cosas completamente distintas. Y tampoco se trata de decir que todo político profesional es bueno. México tiene corrupción, incompetencia y hasta políticos vinculados con el crimen organizado. Pero si ya tenemos semejantes problemas, ¿de verdad queremos convertir el servicio público en una........