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Abejita chiquitita, Abejita chiquitita

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Me dicen la “huele moles”, porque donde haya argüende, ahí me les aparezco. El Festival Ciudad de México: Corazón de las Lenguas y Culturas Indígenas… es “amátrida”. Muy chido. Cáiganle porque se va el domingo.

El sábado traigo tres carnavales apalabrados, Michoacán en Los Pinos y hasta el Aniversario de Radio Faro. La CDMX seguramente es la de más opciones. Y a esto agréguenle que el 60% es suelo de conservación, donde también hay turismo forestal y rural. Hagámoslo con mucho cuidado para no provocar incendios. Y hoy les quiero compartir un proyecto maravilloso. El Hospitalito de Abejas en Corenadr.

Fíjense que en Perú matar abejas (sobre todo las abejas nativas sin aguijón en la Amazonía), se considera una acción que vulnera “sus derechos legales” recientemente reconocidos y la protección ambiental. Perú es el primer país que lo hace, pero debería de ser una acción mundial. Una frase muy atribuida al genio Einstein, pero que no hay prueba alguna de que lo haya dicho, asegura que “si no existieran las abejas, en cuatro años se terminaría la vida humana en el planeta”. Yo suelo recibir reportes de panales o enjambres de abeja en plena ciudad, hecho que inquieta o hasta molesta a propios y extraños, por lo que su primera reacción es pedir que alguien las “fumigue”. Tache. Lo primero es reportarlo a Corenadr (Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural) y si en cinco días no se han marchado, expertos apícolas se presentarán a retirarlo debidamente y llevarlo al hospitalito de abejas. Ahí es donde sucede la magia porque se les revisa y estudia. Si llegase a aparecer un enjambre enfermo, se les da el tratamiento correcto. En este caso, ApiBot es el rescata abejas. Aprendí alguna cosas muy de cerca a los apicultores aquí en la capital, por ejemplo, ya la mayoría de las abejas de estas zonas se encuentran africanizadas. Que otro gran tanto ya ni siquiera tienen aguijón. Que el color de la miel cambia según las flores de las que extraigan el néctar. Que productores de miel del sureste tuvieron un problema delicado, hace un tiempo con sus compradores en la Unión Europea, porque detectaron transgénicos en la miel que se enviaba. Y es que, efectivamente, por aquellos lugares se sembraba soya transgénica. Y por supuesto, no hay forma de decirle a las abejas que no liben de esos campos. En la puerta de las cajas, donde colocan las celdillas de las abejas, siempre hay una o dos guardianes de la entrada. Estas reciben alegremente a las obreras, limpiándoles los bigotes, casi casi como si las felicitaran por su chamba. A un costado de la tapa de estas cajas se puede encontrar cierta pasta de color verde oscuro, muy pegajosa. Resulta que de ahí extraen el propóleo que nos venden en las farmacias. Pero para asombro nuestro también es la sustancia con la que las propias abejas se autocuran. Y algo más, cuando escasea la floración, los productores tienen que proporcionar miel a sus abejas para que estas puedan sobrevivir. Dando y dando.


© El Heraldo de México