El deporte femenino no pide un lugar… Se lo gana

Hace veintiséis años, una mujer mexicana de apenas 1.55 metros de estatura y una voluntad de hierro levantó 222.5 kilos en Sídney 2000 y, con ellos, el techo invisible que pesaba sobre todas nosotras. Soraya Jiménez Mendívil se colgó el primer oro olímpico de una mexicana en la historia. No fue solo un triunfo deportivo; fue un parteaguas. Aquella noche de septiembre de 2000, mientras México dormía, una halterofilista de Naucalpan nos recordó que las mujeres también podíamos cargar el peso de un país entero sobre nuestros hombros.

Antes de Soraya, el deporte femenino mexicano era casi invisible. Se practicaba en silencio, con recursos escasos y miradas escépticas. Después de ella, todo cambió. Su oro abrió la puerta a una generación que ya no pedía permiso para soñar en grande. María del Rosario Espinoza llegó en Beijing 2008 con su oro en taekwondo y dos medallas más en ciclos posteriores. Paola Espinosa brilló en clavados. Aremi Fuentes, Damaris Aguirre y Luz Acosta siguieron el camino que Soraya trazó en la halterofilia. Cada una, a su manera, fue diciendo: “Si ella pudo, nosotras también”.

Pero el verdadero salto cualitativo llegó en 2017 con la creación de la Liga MX Femenil. De pronto, el fútbol —ese bastión histórico del machismo— tuvo su propia liga profesional. Canchas dignas, transmisiones, sueldos, hinchadas que llenan estadios. Tigres, América, Pachuca y Chivas se convirtieron en referentes no solo deportivos, sino sociales. Niñas que antes solo veían a sus hermanos jugar ahora tenían ídolas con nombre y camiseta. La liga no solo profesionalizó el balompié femenino; lo visibilizó. Repatriaron jugadoras de Europa, batieron récords de audiencia y, sobre todo, normalizaron la idea de que una mujer puede vivir del deporte.

Hoy, en 2026, el panorama es otro. México compite en más disciplinas, con más apoyos y con menos prejuicios. Ya no es noticia que una mexicana llegue a una final olímpica; es expectativa. Sin embargo, la frontera sigue moviéndose. Todavía faltan patrocinios equitativos, infraestructura en todos los estados y, sobre todo, que el deporte deje de ser visto como “cosa de hombres” en las familias más tradicionales.

Soraya ya no está entre nosotras —falleció en 2013—, pero su legado late en cada niña que levanta una barra, en cada futbolista que sueña con la Selección y en cada madre que hoy lleva a su hija a entrenar en vez de decirle “eso no es para ti”. Ella nos enseñó que las fronteras femeninas no se rompen de un golpe: se levantan kilo a kilo, partido a partido, generación tras generación.

Y mientras sigamos levantando, la frontera seguirá expandiéndose. Porque el deporte femenino mexicano ya no pide un lugar. Se lo está tomando.


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