Irán o el precio de la proliferación

Una de las respuestas de Irán frente al ataque de Estados Unidos e Israel ha sido cerrar de facto el estrecho de Ormuz, haciéndolo sumamente peligroso para transitar. Debido a ello, el precio del petróleo ha registrado fuertes incrementos en días recientes. Mientras tanto, el mundo entero paga y seguirá pagando los costos de la guerra en Oriente Medio.

Este episodio muestra que los esfuerzos internacionales de no proliferación no pueden limitarse a las armas nucleares. Los misiles, junto con los drones de largo alcance, representan un riesgo por sí mismos. Son herramientas tecnológicas que permiten trasladar cargas explosivas por cientos, incluso miles de kilómetros. No son armas de destrucción masiva en sentido estricto, pero en manos de un actor dispuesto a usarlas indiscriminadamente, pueden tener un impacto desproporcionado.

El Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme ha señalado que las mejoras en la precisión y eficiencia de los misiles los han hecho tan relevantes para el combate convencional como para transportar cargas nucleares. En los hechos, un arsenal de misiles y drones es suficiente para provocar una crisis regional con ecos globales, incluso prescindiendo de otras capacidades bélicas más tradicionales, como una fuerza aérea o una marina armada poderosas.

El caso de Irán lo ilustra con claridad. En 2022, el Comando Central de Estados Unidos estimó que el país tenía más de 3 mil misiles balísticos, sin considerar su fuerza de crucero ni sus drones (Arms Control Association, 2026). Todo ese poder fue construido a pesar de diversas sanciones durante décadas, con tecnología desarrollada de forma local, con el respaldo de aliados como Corea del Norte. Paradójicamente, un país rezagado en casi todos los indicadores logró consolidar un arsenal enorme, que en este momento amenaza militarmente a toda la región y económicamente al mundo.

Se pueden cuestionar los motivos o la estrategia para atacar Irán; pero la respuesta de Teherán y la posterior escalada del conflicto es una prueba de la amenaza que representa la tecnología bélica en manos de un actor inestable. Un Irán con el doble o triple de su capacidad actual, en términos de misiles y drones, y con un programa nuclear reconstruido, habría sido prácticamente imposible de detener, tanto militarmente como por la consecuente capacidad de prolongar indefinidamente una crisis económica global. Cada día que Irán logra extender el conflicto actual es un día en que los mercados energéticos se tensan y los costos aumentan: en Europa, en Estados Unidos y en México.

Históricamente, el Estado mexicano ha entendido la necesidad de contener esos riesgos. Nuestro país impulsó el Tratado de Tlatelolco en 1967, que convirtió a América Latina en la primera zona libre de armas nucleares del mundo. En Naciones Unidas, respaldamos consistentemente el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares. El año pasado, logramos la aprobación de una resolución para evitar el uso de Inteligencia Artificial en ese tipo de armamento.

No obstante, hoy es claro que el principio de no proliferación no puede limitarse a las armas nucleares. Los sistemas de misiles y drones de largo alcance ameritan esfuerzos globales similares. La no proliferación es un principio, pero también es un asunto de intereses. Cada misil que no se desarrolla es una crisis que se previene. Cada logro en la no proliferación, además, reduce las posibilidades de que una potencia decida ir a la guerra con otra de forma preventiva, por sentir su seguridad amenazada. Evitar que más países acumulen ese poder es la decisión más racional que la comunidad internacional puede tomar.

CLAUDIA RUIZ MASSIEU 

DIPUTADA FEDERAL DE MOVIMIENTO CIUDADANO


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