Cuando la vida no deja leer
Esta semana no pude leer ningún libro para comentar en esta columna. Pero los libros siguieron estando presentes, a su manera, en cada uno de mis días.
Estuvieron en mi mesa de noche, en mi mochila, en mi escritorio. Estuvieron en una pila que ordené con fatuo optimismo, en mis libreros recién reacomodados, en tres librerías que visité –claramente no para leer– y en las mesas de novedades a las que eché un ojo. Estuvieron también en conversaciones con amigos y con mi hija, en ideas que recordé y en el placer culposo de comprar algo que me interesa pero que no sé si realmente leeré.
En mi semana hubo libros de sobra, lo que faltó fue tiempo. No el tiempo de las horas productivas, sino ese otro tiempo que es pausa, ensimismamiento, atención. Porque se pueden tener un par de horas “libres” y no hilar ni tres páginas. Se puede abrir un........
