Transformar sin retroceder |
Cuentan sus cercanos que, un personaje político cuyo nombre prefiero olvidar, iniciaba sus reuniones advirtiendo a su equipo la importancia de la lealtad, antes que la capacidad. El mundo al revés de quien llegando al cargo ignora el compromiso con un pueblo que no solo le dio su confianza, sino que con sus impuestos paga su salario y el de sus subordinados.
Y ni qué decir de la consigna “90 por ciento honestidad y 10 por ciento experiencia” que experimentamos el sexenio pasado: llevó a relajar estándares al grado de modificar la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal en 2018 y eliminar los requisitos para ocupar una delegación federal y dar paso a los llamados “superdelegados”.
Encargados de operar programas con incidencia en asuntos económicos, políticos e incluso de seguridad, las y los delegados federales dejaron de estar obligados a acreditar experiencia, formación académica en materias afines a las atribuciones que correspondieran a la delegación respectiva o trayectoria en la función pública.
Uno de los mayores retos en el servicio público es conformar un buen equipo de trabajo. De convicciones firmes, confiable y honesto, sin duda, pero también con el conocimiento, la experiencia y la capacidad de entregar resultados, porque tomar decisiones públicas significa poder mirar en el largo plazo y privilegiar el interés colectivo, no el de una camarilla.
La discusión reciente en torno a la fallida reforma electoral evidenció precisamente ese problema. Más allá de las intenciones políticas, el proyecto mostró fallas de información, de técnica legislativa y de cálculo político: tensó innecesariamente a las fuerzas parlamentarias, abrió frentes de desconfianza y dejó ver vacíos en su diseño institucional.
En medio de múltiples suspicacias, la Cámara de Diputados debe elegir en los próximos días tres personas para ocupar las consejerías electorales vacantes en el Instituto Nacional Electoral.
Es una oportunidad decisiva. No se trata de cuotas ni de afinidades, sino de elegir a las y los mejores: personas con experiencia, independencia y solvencia técnica, cuya honestidad no esté en duda, pero tampoco su preparación. Apostar por perfiles débiles en nombre de la lealtad política sería un retroceso; elegir con visión de Estado sería, en cambio, un paso firme hacia adelante.
México no necesita menos exigencia, necesita más. La transformación verdadera no se construye bajando estándares, sino elevándolos. Porque al final, las instituciones son tan fuertes como las personas que las integran. Y ahí no debería haber margen para la improvisación.
Parafraseando a John F. Kennedy, “una persona inteligente lo es, porque se rodea de gente más inteligente que ella”.
POR ANA LILIA HERRERA ANZALDO