Trump busca enemigos y tiene a México en la mira |
Donald Trump atraviesa uno de los momentos más complicados de su segundo mandato. Y cómo no: el fracaso de su aventura militar contra Irán; el escándalo de que su círculo más cercano -amigos, familiares, colaboradores- se enriqueció con información privilegiada sobre los aranceles; los expedientes Epstein que siguen sin resolverse; los contratos que ha dado los tecnofascistas que controlan-espían al mundo; y los ridículos autoatentados que nadie termina de creer han erosionado su base electoral a una velocidad que ni sus asesores anticiparon. Un presidente debilitado en casa, dice el libreto, necesita un enemigo afuera. Y México, como casi siempre, está disponible.
Para ese propósito, Trump ha elegido a Ronald Johnson, su embajador en México. Johnson es un excoronel de las Fuerzas Especiales y exfuncionario de la CIA, un perfil que en la diplomacia tradicional sería mal visto pero que en la doctrina trumpista es la credencial adecuada. Cuando lo nombró hace meses, el presidente fue rotundo sobre las intenciones: “Juntos vamos a poner fin a los crímenes (…) y vamos a hacer a Estados Unidos seguro otra vez”. Era la señal de una operación en marcha. Johnson llegó a México desde El Salvador, donde, según la narrativa oficial, “participó en los esfuerzos para reducir los crímenes violentos”. Esos ‘esfuerzos’ incluyeron el sometimiento de pandillas mediante arrestos y operaciones que varios organismos de derechos humanos calificaron de ilegales. En El Salvador funcionó porque Bukele necesitaba cobertura internacional para lo que estaba haciendo. En México, el gobierno no está en esa posición, pero parece que nadie se lo ha comunicado a Johnson.
La semana pasada, el embajador viajó a Los Mochis para inaugurar una fábrica de metanol y terminó dando un discurso sobre corrupción sin la presencia del gobernador Rubén Rocha. “La corrupción no solo frena el progreso, sino que lo distorsiona. Aumenta los costos, debilita la competencia y erosiona la confianza de la que dependen los mercados”, dijo y luego amenazó: “Es posible que pronto veamos medidas significativas en este frente. Así que, permanezcan atentos”. De acuerdo con Los Ángeles Times, esas medidas incluyen “una amplia campaña contra funcionarios mexicanos sospechosos de vínculos con el crimen organizado”: no solo cancelación de visas sino procesos judiciales en cortes estadounidenses.
La superioridad moral desde la que habla Johnson es la misma superioridad con la que Estados Unidos financia el exterminio de Gaza, mantiene sellados los expedientes Epstein, acuña monedas con oro traficado por cárteles colombianos, secuestra narcos en territorio mexicano sin notificación diplomática alguna y avala la injerencia de agentes de la CIA en Chihuahua. La transparencia que Johnson le exige a México es un estándar que su propio gobierno no aplica ni en los asuntos más básicos.
A las provocaciones de Johnson se han sumado voces mediáticas. The Wall Street Journal publicó hace un par de días que la presidenta Claudia Sheinbaum “solía trabajar para un macho alfa” -en referencia a López Obrador- “así que pensó que podía manejar a Trump”. La frase y el reportaje condensa la misoginia estructural de cierto periodismo anglosajón que solo puede concebir el poder en términos de dominación masculina.
Lo que está haciendo Johnson es una presión sistemática ejecutada desde una embajada convertida en instrumento de la política interna estadounidense. Y lo hace porque Trump necesita mostrarle a su base que sigue siendo duro, que sigue ganando, que el mundo le teme. México es el escenario elegido para esa representación porque es el vecino más visible, el más fácil de señalar y el que menos puede responder sin arriesgar la economía que sostiene a millones de familias en ambos lados de la frontera. (Justo los negociadores de Estados Unidos, México y Canadá se están reuniendo para revisar el T-MEC, lo que mete más presión diplomática).
Sheinbaum ha manejado la relación con Trump con una mezcla de dignidad en el discurso y pragmatismo en los hechos. La labor de Johnson es romper esa combinación. Para ello aprovecha las grietas que tienen morenistas como Rubén Rocha, quien ha sido acusado por un fiscal de Nueva York por narcotráfico y tráfico de armas. Ya veremos cómo reacciona la presidenta Sheinbaum ante el nuevo embate intervencionista y cómo sale Rocha del embrollo.
POR ALEJANDRO ALMAZÁN